PRÓLOGO 1.1 EL PESCADOR: TELÉMACUS | 1.2. EL PESCADOR: ARTHEMIS | 2.1 ANTIGUAS RELIQUIAS DE LOS ANCIANOS: TELÉMACUS | 2.2. ANTIGUAS RELIQUIAS DE LOS ANCIANOS: ARTHEMIS | 3.1. LOS TEMORES DE UNA MUJER SABIA: LÍANFAL | 3.2. LOS TEMORES DE UNA MUJER SABIA: ARTHEMIS | 4.1. ASALTO A LA FORTALEZA: TELÉMACUS | 5.1. ASALTO A LA FORTALEZA: ARTHEMIS | 5.2. ASALTO A LA FORTALEZA: ARTHEMIS | 6.1. CAMIONES: LÍANFAL 6.2. CAMIONES: VELDRAM | ITERLUDIO. LA CANCIÓN DEL ILENCIO | 7.1. EL YERMO: ARTHEMIS | 7.2. EL YERMO: LOGUS | 8. PERSECUSIÓN: VELDRAM

            —¿Qué es eso? ¿Puedo verlo? —preguntó Veldram, apoltronado en la cama que había tras el asiento del conductor. Su madre conducía mientras su padre echaba una cabezadita.

            —Ummfff… es una especie de instrumento musical —rezongó Telémacus, medio dormido. El sueño que había tenido la noche anterior parecía asirse a él como un olor desagradable, y se negaba a soltarle—. Lo encontramos en aquel sótano, en la nave.

            El chico cogió la especie de cítara y la sopesó. Nunca había sido bueno con la música, ni tenía oído para sacar las melodías de memoria, pero al ver aquel instrumento una cancioncilla de origen incierto le vino a la cabeza. No estaba seguro de haberla oído antes, solo… estaba por allí, merodeando.

            —Es bonito. ¿Lo tocaban los antiguos?

            —Eso parece.

            —Tú podrías conseguirlo si te lo propones —dijo su madre—. Eres listo.

            —También soy guapo. Cambio.

            —Esa parte la has heredado de mí —murmuró su padre.

            Vala sonrió, mirando por el retrovisor. En el segundo camión iba Arthemis junto con Liánfal —habría pagado por asistir a una conversación entre esas dos y escuchar qué se tenían que decir—, y en el tercero Tsunavi con Logus. Había sido una decisión difícil arriesgarse a dejar solo a su único médico con aquella psicópata de colmillos afilados, pero de algún modo (¡sine qua non!) tenían que vigilarla. A nadie le gustaba la idea de poner en sus manos aquel volante junto con la responsabilidad de mantener a salvo a un tercio de su tribu… pero Bloush había muerto, y ya no les quedaban más manos capaces. Los lumitas no eran diestros manejando ese tipo de tecnología.

            Miró al horizonte. Por el sur avanzaba un crepúsculo violeta, pero les quedaba por la derecha, y no los alcanzaría al menos hasta dentro de un par de horas. Parecía como si faltara una escena de enlace entre el último vestigio de civilización que acababan de dejar atrás y lo desconocido que esperaba delante. La silueta de la primera luna, gris sobre gris tras el embozado peso de las nubes, los vigilaba como un ojo atento, allá arriba. Era un satélite brillante como una bola de nieve acompañado por un halo de polvo. Bajo él, el delgado cordón del Hilo ardía en su mitad superior con los fuegos rojos del crepúsculo, mientras la inferior estaba pintada de azules.

           Por delante, hacia el este… una muralla vertical de humo denso que formaba una pared casi sólida donde parecía acabar el mundo: era el humo que surgía de los barrancos siempre ardientes, los que tendrían que cruzar para entrar en una nueva zona del desierto. Y eso le provocaba un miedo sobrecogedor.

            —Quiero volar —le dijo al artificio azul del cielo. Poder pasar por encima de aquellas barreras terrenales y ser libre. Pero si había alguien allá arriba, vigilando (tal vez una luna gris con su ojo bien abierto), no respondió. Poco le importaban al cielo las penurias de las criaturas condenadas a la tierra.

            ¿Qué les aguardaba al otro lado de los barrancos, si es que lograban encontrar un vado para cruzarlos? ¿Más monstruos sedientos de sangre? ¿Pintorescos y extravagantes nativos con pintorescos y extravagantes atuendos que cantaran pintorescas y extravagantes canciones en exóticos lugares, con sus cabezas inclinándose en señal de bienvenida y guirnaldas de flores? El primero en encontrar signos de vida inteligente fregaría la loza.

            —¿Por dónde cruzaremos los barrancos, mamá?

            —Cuentan las historias de los buscadores que hay lugares por los que se pueden vadear, pero vamos a tener que buscarlos. Recorreremos a lo largo las grietas a ver si los encontramos. Y rezaremos porque todo ese humo no se nos venga encima.

            —No arriesgaremos los camiones, se mantendrán a una distancia prudencial —dijo Telémacus, los ojos aún cerrados—. Para eso tenemos los esquifes, para explorar.

            —¿Quién los pilotará?

            —Los que tengamos cascos con respiradores de oxígeno. Mi armadura tiene uno, y Arthemis también tenía hasta que lo perdió. Pero se le podría hacer un apaño.

            —La cuestión es si querrá arriesgarse —gruñó Vala—. Vale que se apuntara a este viaje para escapar de ser reclutada, pero no la veo predispuesta a hacer nada más allá de lo que estipule su contrato.

            —Lo hará, ya lo verás. A pesar de su insoportable socarronería, es una mujer muy valiente. Lleva toda su vida luchando, oponiéndose a imponderables mucho más grandes que ella.

            —Parece que la admiras.

            —No, solo reconozco sus valores.

            Tuvo que admitir que estaba en lo cierto. Pero le molestaba la admiración que parecía sentir su marido hacia aquella asesina. No es que estuviera celosa, pero es que no comprendía los motivos. ¿Que era una buena protectora para su gente? Eso no se lo negaba nadie. ¿Que no compartía con ellos ninguno de sus ideales y solo estaba allí por su propio interés, por lo que podría dejarlos colgados en cualquier momento? También. Al menos era joven y vibrante, no como los líderes de la tribu, que parecían trozos de desechos a esquivar, la carne bajo sus ropas disminuyendo cada día que pasaba como una marea en retirada.

            El giroscopio del salpicadero empezó a dar vueltas como un loco. Estaba escalado angularmente a través de una rejilla normal en relación al plano del aparato, y perpendicular a la nariz del camión, lo cual le proporcionaba tres coordenadas. Pero algo le afectaba, algún tipo de electromagnetismo desquiciado, lo que hacía imposible que el sapiencial del camión calculase bien la distancia con los objetos que tenía delante. Vala lo desconectó y pasó a conducción manual.

            —Entramos en terreno peligroso.

            Veldram colocó las manos sobre la caja y el mástil de la cítara, y las dejó hacer, a su aire. Unos sonidos comenzaron a surgir de la madera como si esta se hubiese tragado una docena de ratones barítonos. Al vibrar, los dedos extraían de las cuerdas sus bemoles silenciosos, sus superfluos tiempos verbales, sus pentagramas confluyentes. Mientras Veldram tocaba, su padre empezó a tararear la misma melodía, sin equivocarse, y eso que nunca antes ninguno de los dos la habían escuchado.

            El chico soltó el instrumento, asustado. Sus padres lo miraron, y luego entre sí. Eran conscientes de que algo muy raro acababa de ocurrir.

            —¿Qué ha pasado? —preguntó Vala.

            —Déjame ver ese cacharro —pidió Telémacus, agarrando la cítara. La examinó a fondo, palpando con los dedos allá donde no llegaba la vista… y descubrió algo: una caja metálica, caliente, tachonada de circuitos, escondida bajo los trastes—. Aaahhh… aquí hay algo. Empiezo a entenderlo.

            —¿El qué?

            —Parece un zoótropo empático.

            —¿Un… qué? —Veldram arrugó la frente.

            —Una caja de resonancia de conocimientos. Las había en la época antigua. No es que tú supieras tocar esa melodía, o que a nosotros nos sonara… es que esa caja la estaba proyectando en nuestras cabezas.

            —¿Cómo es posible? ¿Un instrumento musical que se sabe él mismo las melodías y se las sugiere al intérprete?

            —Parece imposible, ¿verdad? Pero así es. Lo que no sé es por qué esta melodía en concreto. ¿Era importante para el anterior dueño de la cítara? ¿O es que quería transmitir algún mensaje a los que encontrasen el instrumento cuando él ya no estuviera?

            —Supongo que para averiguarlo habrá que tocar la melodía hasta el final —opinó Vala—. Y preguntarle a alguien que sepa de música. Creo que Liánfal es una buena candidata. Tocaba el septéreo en su juventud, y muy bien, por lo que me han contado.

            —Se lo preguntaremos, pero más adelante. Estamos llegando a las primeras cortinas de ceniza —dijo Telémacus, espabilándose. A través del parabrisas delantero se veía una manta de copos blancuzcos que parecía haber sido tendida con pinzas del cielo. Y no era nieve. Era humo.

           Los camiones no se detuvieron, pero aflojaron un poco la marcha. Telémacus se arriesgó a usar la radio para hablar con los otros conductores.

            —Ya veis que tenemos delante la barrera. Voy a adelantarme en un esquife para explorar, a ver si encuentro un vado. Vosotros acampad aquí.

            —No creas que voy a dejarte ir solo, tigre —dijo la voz de Arthemis—. Entre los dos cubriremos más terreno en menos tiempo.

            —Te recuerdo que ya no tienes tu máscara, así que si esto es una manera de prevenir el que pueda hallar antes que tú un enclave de antigua tecno…

            —Yo tengo dos formas de ofrecer mi ayuda, tigre, y solo una de las dos no acaba con el otro con la frente abierta de un disparo. La tomas o la dejas, tú decides.

            Telémacus sonrió.

            —Creo que la tomaré, pero que conste que acercarse al barranco no es agradable. Tu armadura te protegerá del calor, pero tendrás que procurarte una manera de filtrar el humo. Es posible que esté lleno de partículas radiactivas.

            —Confía en mí —dijo ella, sardónica—. Sé lo que hago.

            De pronto, la voz de Tsunavi se superpuso a las suyas. Contenía esa alegría, ese placer sardónico que en ella solo podía significar una cosa: problemas.

            —Creo que no vamos a tener tiempo de hacer nada de lo que estáis planeando, tortolitos… —Pronunció la última palabra apoyándose en la «T»—. Mirad por el retrovisor.

            Al instante se dieron cuenta de que aquella nube que se les acercaba a toda velocidad en lontananza, a ras de suelo, no era ningún fenómeno natural. Ni tampoco el montón de objetos negros que la estaban provocando. Ni el par de artefactos voladores parecidos a aerostatos que colgaban a baja altura sobre aquella formación militar de pulgas. Eran fuerzas del drav Bergkatse, o quizá de Raccolys, qué más daba. El hecho era que los habían encontrado.

            Telémacus simplemente deglutió.

            —Felbercap —maldijo. Bajó la ventanilla y se asomó, silbándole al esquife más cercano para que se les acercara.

            —¿Adónde crees que vas? —preguntó Vala, cogiendo el volante. Se había puesto pálida y había empezado a sudar.

            —Me adelanto a buscar ese paso. Sígueme lo más cerca que puedas. ¡Que toda la gente que va en el techo de los remolques se meta dentro, vamos a acercarnos peligrosamente al barranco! —ordenó por la radio.

            —De acuerdo, jefe —gruñeron Arthemis y Liánfal. Logus tardó un poco más en responder pero también confirmó que Tsunavi y él habían recibido la orden. A continuación, cuando el esquife se colocó junto a la cabina, Telémacus abrió la puerta y saltó a bordo.

            —¡Ten cuidado! —le gritó Vala—. Seguro que no estamos siendo nada sabios con todo esto…

            —Como dijo alguien inteligente, la lógica es una forma organizada de equivocarse con seguridad. —Le guiñó un ojo antes de ponerse el casco. Sintió cómo las facultades y ayudas superiores de la armadura escalaban hacia su hipotálamo, con sus servomentes y sus jerarquías operativas. La diferencia con respecto a no llevar puesto el casco no era excesiva, pero las mejoras sensoriales de aquel software podían suponer una ventaja táctica de varias décimas de segundo… lo cual, en combate, establecía una línea divisoria entre la vida y la muerte.

Tocó el hombro al conductor para que intercambiara el sitio con él, y se sentó a los mandos. El otro hombre, como no tenía máscara, tuvo que saltar al camión y quedarse allí. El esquife aceleró, dejando un rastro lineal de humo, y salió disparado en dirección al borde del barranco… que desde aquella distancia, tan cercano, parecía más bien un cañón gigantesco. Súbitamente apareció el borde de la sima, una violenta cuchillada, un cañón escarpado. Cuando estuvieran pegados a él, el propio accidente del terreno, que distaba mucho de ser natural, les contaría su propia historia.

            Veldram vio alejarse a su padre y se pasó al asiento delantero, junto a Vala. El parabrisas empezaba a teñirse de gris como un dibujo puntillista, a medida que los copos de ceniza se superponían formando un mandala. El joven colocó la cítara a su lado —decidió que la llamaría septéreo a partir de ahora; era un nombre mucho más chulo—, y acarició la caja de resonancia emocional. Inmediatamente, una melodía que jamás había oído empezó a surgir de la parte más profunda de su memoria a largo plazo. Y la tarareó.

            Vamos, papá, encuéntranos un paso a través del infierno.

            Sus dedos tamborilearon sobre la cítara, marcando un ritmo acelerado de tres por cuatro.

TELÉMACUS

Los barrancos ardientes de Devianys. Una cosa era haber oído hablar de ellos en las historias de taberna y otra acercarse tanto a uno como para que su putridez sulfurosa hiciera que tus ojos lagrimearan y tus pulmones ardieran por dentro. El casco le protegía, pero sintió la fuerza de aquel aire cargado de fuego, de la nube roja en cuyo interior zigzagueaban relámpagos. Si había una entrada a ese famoso inframundo que describían muchas religiones, sin duda era aquella.

            El diminuto esquife —por comparación a la anchura del cañón— se colocó paralelo a él y avanzó a la máxima velocidad que permitía su motor aerodeslizante. Telémacus temía que la cantidad de ceniza que se estaba tragando la turbina acabase dañándola, pero no le quedaba más remedio que seguir. Tenía que encontrar algún vado o el convoy se quedaría atrapado entre la espada y la pared, con el muro de llamas delante y los asesinos dravitas detrás.

            Se arriesgó a aproximarse al borde de la sima y echó un vistazo a su interior. Lo que vio le sobrecogió: la grieta tenía en aquel punto más de trescientos metros de anchura, y no se veía el fondo. Abajo se arremolinaban nubes de fuego y torbellinos de ceniza vestidos con una cota de malla de partículas rutilantes, chispas, pavesas y nubarrones de favilas en combustión. Pero lo más sobrecogedor eran las siluetas de enormes estructuras hundidas en el manto, cuyas sombrías siluetas recordaban a edificios, a objetos que tal vez pudieron ser puentes en otro tiempo, o quizá pedazos de asfalto de larguísimas carreteras que antaño unieron ciudades. Todo había sido destrozado, troceado, apilado y arrojado al barranco hacía varias generaciones, antes del Día del Apagón. Por contraste con las zonas más brillantes, las que dañaban el ojo, entre tanto carmesí había regiones negras donde oscuridades mayores se quejaban mientras se fracturaban. El manto del planeta era un sumidero titánico que se lo tragaría y lo procesaría todo, reduciendo metales y minerales a sus elementos básicos. Era un cementerio vertical abarrotado de pruebas de que hubo una civilización en Enómena que precedió a la actual. Las leyendas de los buscadores decían que ahí abajo había infinitos tesoros de antigua tecno, cociéndose en el horno infernal, pero nadie se atrevía a bajar para comprobarlo.

            Solo con ver la grieta, el cazarrecompensas entendió por qué.

            Giró el control del esquife, unos mandos parecidos a los de una moto, para acelerar al máximo. Un ventisquero de chispas le impactaba de frente, convirtiendo el mundo en el ojo de una inmensa ola hecha de carbones ardientes. Por el retrovisor vio que el camión de cabeza, conducido por su mujer, giraba para seguirle, aunque más separado del borde de la grieta. Los otros le siguieron detrás, formando una fila. Vistos desde el aire, serían como una procesión de hormigas corriendo junto a una grieta que partía en dos el mundo, de la que surgía un acantilado vertical de humo tóxico. Pero eso no fue lo que le preocupó, sino que el ejército de vehículos que se les acercaba estaba a cada segundo un poco más cerca.

            Y, por los dioses, ¿qué era aquella cosa que colgaba del aire?

           El globo aerostático que Telémacus había visto a lo lejos era realmente lo que parecía, pero de cerca se parecía menos a un aerostato y más a un palacio flotante: la propiedad privada de algún dictador loco a la que unos inmensos balones de hidrógeno mantenían separada del suelo.

            El globo era una pagoda invertida con cuatro niveles de anchura decreciente, el de más abajo rematado por una púa que apuntaba hacia el suelo. En las esquinas de cada tejado invertido había una estatua que representaba las cuatro naturalezas de la traición, entendida como una de las bellas artes. Del edificio central se abrían decenas de ramas como de árbol, que sostenían grandes hélices que impulsaban el palacio, con una vela puntiaguda en forma de nariz que servía para corregir la dirección.

            Semejante extravagancia no se quedaba corta en ningún aspecto, pues había sido concebida en un sueño por el drav Bergkatse, e incluía una atalaya que recreaba un carro de los tiempos prehistóricos de la Vieja Tierra, de aquellos que tenían dos ruedas e iban tirados por caballos —no sabía por qué, pero el Padre Addar se sentía como en casa cada vez que se subía en él—. Era un trono flanqueado por escudos de armas de dragones tallados junto a un palio de índigo real. Desde allí, el general mandaba sus tropas. Ese carro asomaba como un balcón de la pagoda superior, la más ancha, y estaba flanqueado por dos extravagancias más: dos proscenios de teatro que colgaban de sus propios globos en los que el Intérprete de los Muertos asistía a dos óperas a la vez, protagonizadas por cantantes profesionales y reos condenados a muerte. La de su derecha era un fragmento de Lamadar, una obra con un recitativo seco en la que unos prisioneros condenados a muerte ofrecían la mejor interpretación de sus vidas mientras los torturadores los sometían a tormento, mientras que la de su izquierda, Trocchano, tenía un contorno melódico similar a un aria, en la que una parodia de un Intérprete de los Muertos defendía argumentos según los cuales merecía vivir para siempre ante un tribunal de dioses.

           Resultaba asombroso cómo cada parte individual de aquel engendro volador podía mantener su propio mensaje simbólico al tiempo que incluía el significado del todo; era como si cada pequeño detalle superpusiera una capa más de simbolismo, sin que hubiera una definición global planeando por ahí de la que echar mano.

            Padre Addar estaba de pie encima de su carro, con pose altiva, de emperador. Miraba los puntitos que eran los camiones fugitivos, ya casi a distancia de tiro, y se enorgullecía de su partida de caza. En otros tiempos, los reyes organizaban cacerías de animales exóticos para demostrar que podían domar a la naturaleza, y que no existía depredador en el mundo que pudiera imponérseles en ferocidad. Ahora, él cazaría a los asesinos del drav, su antiguo amo. Había reservado espacios para sus cabezas en sus paredes favoritas.

            Alzó las manos sobre un teclado de piano que bordeaba por dentro su carro, y pulsó varias notas. En los teatros que colgaban del cielo a derecha e izquierda, los reos cautivos en cajas de metal fueron estimulados por brutales descargas eléctricas al ritmo de la música, y sumaron sus gritos al coro. Sus caras se deformaron subjetivamente, adoptando forma de pera: seres encerrados dentro de sus propios gritos, sin defensa posible ante su propia voz. Sus ecos ocupaban los espacios a su alrededor.

           Addar no era un cacófilo, un amante de la fealdad, todo lo contrario… era un cacoformotista, es decir, un creador de belleza a partir de elementos horrendos. Sus ojos se obnubilaron, la piel de su cara perdió capacidad de expresión como si estuviera hecha de plástico… pero él se alzó majestuoso como un maestro de orquesta, dispuesto a extraer —a cacoformotear— una sinfonía a partir de la matanza de inocentes que estaba a punto de suceder. Aislados por su propia música o a pesar de ella.

            Un aerodeslizador se le acercó por estribor, con un cazarrecompensas del gremio subido a un estribo. Era un miembro del Clan Taxidermista, expertos en despellejar a sus víctimas y llevarlas al estado de disecación corporal sin que murieran ni se desmayaran en ningún momento. Contaban que el dolor alcanzaba cotas de auténtica locura.

            —¡Mi señor! —le gritó el taxidermista, que si mal no recordaba se hacía llamar Bestia—. ¡El radar detecta un grupo de tres vehículos grandes y otros tres pequeños y veloces delante! Están junto al cañón, recorriéndolo a lo largo.

            Addar no juntó las cejas, pero una contracción en sus pómulos comunicó la misma emoción.

            —Buscan un vado… Adelántate con cuatro deslizadores y frénalos. Que el tóptero vaya también para daros apoyo. No dejes que se oculten en el humo ni que se metan dentro del barranco.

            —Sí, amo.

            Bestia alzó en el aire una vara de potencia que siempre se llevaba a todas las cacerías, capaz de emitir una onda de concusión que podía lanzar por el aire varios metros a un humano adulto, y lo volteó sobre su cabeza. Hubo un diálogo invisible con otros jefes de turba. Sus vehículos adelantaron al grupo principal, que se mantenía a la velocidad del palacio flotante. El único vehículo volador además del palacio que se habían traído a la cacería, un tóptero de alas negras y armado con una tronera lanzamisiles, también se adelantó para reconocer el terreno.

           Padre Addar pulsó una nueva combinación de notas en su teclado, que el coro respaldó con sus gritos de agonía. Aquellos que no gritaban lo suficiente como para dar las notas limpias, sentían látigos chasqueando al cruzar sus espaldas desnudas.

            Buena tarde para un concierto.