PRÓLOGO 1.1 EL PESCADOR: TELÉMACUS | 1.2. EL PESCADOR: ARTHEMIS | 2.1 ANTIGUAS RELIQUIAS DE LOS ANCIANOS: TELÉMACUS | 2.2. ANTIGUAS RELIQUIAS DE LOS ANCIANOS: ARTHEMIS | 3.1. LOS TEMORES DE UNA MUJER SABIA: LÍANFAL | 3.2. LOS TEMORES DE UNA MUJER SABIA: ARTHEMIS | 4.1. ASALTO A LA FORTALEZA: TELÉMACUS | 5.1. ASALTO A LA FORTALEZA: ARTHEMIS | 5.2. ASALTO A LA FORTALEZA: ARTHEMIS | 6.1. CAMIONES: LÍANFAL

LIÁNFAL

Llegaron a las afueras de la aldea un día después, tras recuperar el tóptero de Arthemis. Tenían que ir lentos porque era la velocidad a la que se movían los camiones, mucho más pausada que la de un vehículo volador. Pero nadie los persiguió: los esbirros de Bergkatse estaban demasiado ocupados en evitar un apocalipsis nuclear como para ocuparse de unos pocos camiones robados.

            De todos modos, condujeron por los cañones más profundos de las montañas intentando pasar desapercibidos, por si los del Kon-glomerado cambiaban de opinión. Allí abajo, entre paredes corrugadas bañadas en una sedimentación fósil, las corrientes de aire los golpearon como una oleada de moho, un miasma sofocante compuesto de reacciones químicas puestas en marcha en la noche de los tiempos. La resplandeciente longitud de la Planicie Erutova tremoló por delante ellos, con su vegetación injuriosa y exuberante, haciéndoles sentir la fuerza del sol reflejada en aquella arena llena de cristales. Entonces pudieron pisar el acelerador. Los tres vehículos eran masivos, de más de quince metros de largo y casi cinco de altura, pero al no tener ruedas su colchón antigravitatorio les permitía sortear casi cualquier accidente del terreno. Telémacus pronto le cogió el truco a los mandos, y lideró la comitiva de vuelta a las tierras limítrofes con el mar cero-g.

            Cuando llegaron, vieron alejarse en la distancia las naves de reclutamiento dravitas. Ya estarían cargadas de «voluntarios» reclutados a la fuerza en las ciudades y pueblos más grandes. Rezó porque no hubiesen encontrado las cavernas donde se refugiaba su gente, en la Barrera Ictiánida, porque significaría que los lumitas también viajarían ahora mismo encadenados en aquellas bodegas, y todo su esfuerzo habría sido en vano.

            Respiró tranquilo cuando vio que unos resplandores salían de los alveolos del organismo de coral. Al principio nadie se asomó para recibirlos, cosa lógica porque de haberlos visto llegar a lo mejor habrían pensado que se trataba de vehículos del enemigo. Pero el cazador se bajó de la carlinga del camión y agitó contento los brazos.

            —¡Eh, salid, somos nosotros! ¡Hemos vuelto! ¡Vala!

            Su esposa y su hijo Veldram fueron los primeros en asomarse. Los siguió la místar Liánfal, que miró los camiones con euforia, como si fueran un regalo del cielo. Poco a poco, con cuenta gotas, fueron asomando la nariz el resto de los miembros de la tribu.

            Vala se lanzó al cuello de su marido en un abrazo constrictor.

            —¡Estás vivo! —gimió.

            —Claro que sí. ¿Acaso esperabas otra cosa? —sonrió él, medio asfixiado.

            Ella lo amenazó con un dedo.

            —No te pego ahora mismo una buena tunda porque tienes puesta la armadura. Pero espérate a esta noche…

            —¡Uauh, papá! —se asombró Veldram, observando las moles de los camiones. El tóptero estaba posado sobre la caja de uno de ellos, el que conducía Arthemis, con las alas plegadas—. ¡Son enormes! ¿De dónde los has sacado?

            —Del Kon-glomerado, ya no los necesitarán. Pero tenemos que ponernos en marcha rápido, antes de que vuelvan los reclutadores. La cosa acaba de ponerse más fea que antes.

            —¿Por qué? —Vala arrugó el entrecejo, esperándose cualquier cosa de su marido—. ¿Qué habéis hecho?

            Telémacus puso cara de no haber roto un plato. La típica expresión del niño que prepara el terreno antes de meter los dedos en la tarta.

            —¿Nosotros? Nada grave… Bueno, liquidamos al drav Bergkatse, pero aparte de eso, nada más. A partir de hoy, los Raccolys y los Bergkatse pueden considerarse, ambos clanes, huérfanos.

            Las cejas de Vala salieron repelidas de sus párpados.

            —¿Que habéis hecho… qué?

            Liánfal se le acercó.

            —Telémacus, tenemos que hablar. En privado.

            Se alejaron un momento de los demás mientras la gente del pueblo se arracimaba en torno a los vehículos, y Arthemis y sus secuaces les pedían unas cuantas cosas básicas, sobre todo beber y comer. A pesar de que los mercenarios mantenían su actitud profesional de odio hacia todo y todos impresa en sus gestos, los más viejos del lugar los atendían con gusto, ávidos de chismes y noticias, y ceceaban a través de sus desnudas encías pidiéndoles que les contaran cuantos más detalles mejor.

La místar puso cara de preocupación.

            —¿Qué ocurre, Liánfal? ¿Algo va mal?

            La mujer se frotó la frente sudorosa. La llevaba más alta cada año, pero no tenía problemas con eso mientras tuviera el pelo largo por detrás. Una frente amplia era signo de amplios pensamientos.

            —Las reliquias han tenido periodos de actividad muy acusados. Han vuelto a activarse.

            —¿En serio? ¿Has detectado algún patrón?

            Ella bajó la voz y se alejó aún más de la masa de gente.

            —Al principio no sabía a qué venía aquello, qué era lo que disparaba esa reacción. Había periodos, breves pero intensos, en que las reliquias parecían volverse locas, emitiendo una especie de temblor electrónico y un ruido extrañísimo. Luego la cosa se calmaba, y no volvía a dispararse hasta el día siguiente. —La mujer afiló los ojos. Parecía una maestra empeñada en descifrar la picuda caligrafía de un niño que acaba de entregarle un trabajo—. Busqué patrones, cualquier cosa que pudiera disparar esa reacción, pero se me escapaban. Hasta que esta mañana salí a tomar el aire, porque ya no podía soportar más estar encerrada en esas malditas cuevas, y alcé los ojos al cielo. Y lo vi.

            —¿El qué? —preguntó Telémacus, intrigado. Ella apuntó con un dedo al horizonte, donde algo estaba a punto de desaparecer al otro lado del difuso arrecife de nubes.

            —Eso.

            Eran casi visibles en la distancia. El hombre supo a qué se estaba refiriendo: a los cinco puntitos luminosos del Carro de Diamantes, que recorrían el firmamento en fila india con una cadencia regular y eterna, sin desviarse. Cuarenta y cinco grados de cielo a la izquierda, Rigolastra era una gran perla azul en la inmensidad; parecía flotar entre capas de luz prismática: orquídea, turquesa, verde pálido. Pero no les robaba su brillo a los objetos del Carro.

            —¿Quieres decir que cuando pasaron por encima de esta zona del mundo…?

            —Las reliquias se volvieron locas, sí —confirmó Liánfal. Un tic nervioso sacudió su ojo izquierdo con un furioso parpadeo. Parecía un poco más vieja que la última vez que la había visto, pensó Telémacus: una mujer no demasiado robusta pero cuya carne temblaba en algún lugar entre grasa y músculo, dándole un aspecto de mecanismo improvisado, de ser vivo ensamblado en laboratorio. Además, sus costumbres le intrigaban. Había días en que la sola visión de la místar resultaba inquietante—. Tú sabes lo que son, Telémacus; de dónde provienen. La tecnología de los Antiguos reacciona ante la presencia de otra tecnología similar.

            Sí, y he oído muchos cuentos de hadas, pensó el hombre. Como que había naves tan grandes, y pensadas para realizar trayectos tan largos entre planetas, que disponían de un control climático interno que iba adaptando progresivamente las condiciones de vida a bordo para que, cuando llegaran, coincidieran con la biosfera del planeta de destino, y sus pasajeros estuvieran totalmente adaptados. ¿Verdad o leyenda?

            —Vale, pero… ¿por qué ahora? ¿Qué las ha activado, después de tantas décadas?

            —Si supiera eso, cariño, no solo lideraría esta pequeña comunidad, sino a todos los grupos de estudiosos de reliquias del mundo. Es hora de que nos preocupemos por problemas más acuciantes, como nuestra supervivencia. ¿Cabremos todos ahí? —Señaló los camiones.

            —Seguro que sí. Están vacíos y los remolques son muy grandes. Lo que tenemos que discutir es adónde iremos a partir de aquí.

            —Creía que íbamos a atravesar el mar cero-g. Pero para eso se necesitan barcos, no camiones.

            —Ese era el plan inicial, pero Arthemis… la del casco que parece metal líquido… me propuso una idea distinta. El mar estará vigilado por las barcazas de los dravitas, que nos atacarán en cuanto nos vean. Nuestros barcos de pesca son lentos y pesados, no podrían escapar jamás de esos tiburones.

            Liánfal arqueó una ceja.

            —¿Cuál es el plan B, entonces?

            —Ir en dirección contraria, hacia las planicies del interior del continente. Al desierto profundo. —Telémacus se acodó en una piedra coralina mirando el Yermo de Bering, que parecía tan amenazador como eterno—. Sé lo que me vas a decir, que es una locura. Que solo se internan en él los buscadores de reliquias y de antigua tecno. Pero es cierto que si logramos cruzarlo, los dravitas desaparecerán de nuestras vidas.

            La místar lo miró fijamente durante un minuto. Casi se podían ver las descargas estroboscópicas de su cerebro al bullir atravesando la piel. Como mujer inteligente que era estaba sopesando los pros y los contras de semejante plan, y sobre todo el riesgo para su pueblo. Pero debió sacar las mismas conclusiones que él, porque dijo, resignada:

            —Si vamos a hacerlo, que no sea en una dirección al azar.

            —¿A qué te refieres?

            —A que ya que nos movemos hacia el este, podríamos aprovechar el viaje para matar dos pájaros de un tiro.

            —Las reliquias —entendió Telémacus.

            —Sí. Una vez oí una leyenda de buscadores del desierto que hablaba sobre una antiquísima estación desde la que antaño despegaban naves orbitales, un lugar llamado Ofiuchi 2, «el lugar sobre el que no hay dos historias que coincidan». Dicen que estaba en algún lugar del Yermo, más allá del desierto de las gemas y de las estepas de fuego, allá donde el enorme Hilo se alza hasta el cielo. Si nos dirigimos hacia allí y la encontramos, puede que además de huir de los dravitas hallemos una forma de descifrar el misterio de las reliquias. Por qué se han puesto en funcionamiento y para qué.

—Hacia el Hilo… Me parece una estupenda idea, Liánfal. Además, tenemos conductores expertos. —Miró al grupo de mercenarios, que estaba degustando un plato autóctono que les habían preparado sobre la marcha los ancianos: bayas de junco espolvoreadas con motitas verdes y una especie de gulash salado, con su característico sabor a humedad. No es que tuviera pinta de estar muy bueno, pero el hambre lo excusaba todo.

            —No me gusta que te codees con esa clase de gente, amigo mío. El único principio rector de su existencia es el odio.

            —Todos somos mecanismos de un odio abstracto, Liánfal. Engranajes, la mayor parte de las veces, de un odio ajeno. ¿Por qué nos siguen afectando esta clase de emociones tan primarias? Pues por su íntima asociación primitiva con las costumbres humanas, que nos vuelven vulnerables a emociones básicas como el amor, el odio o la desesperanza. Vaya, qué tonto suena esto si lo dices en voz alta. —Se ciñó otra vez su casco—. ¿Se lo dices tú al pueblo o se lo digo yo?

            —{Mejor que lo haga yo} —suspiró la mujer, pasando al inframatemático para evitar oídos indeseados—. (Así parecerá)3 más oficial. Pero te advierto= que no [les va a gustar]/2. Vamos a tener %muchas voces$ en contra.

            —{En cuanto piensen}=0 en las barcazas de [esclavistas]2 de los dravitas, verás cómo /se les pasa/ el (miedo)3, no te preocupes. Este enunciado {conlleva} una paradoja, pues no vamos a [permitir que las vean]*, quieran ellos o no. Ah, por cierto… —La detuvo antes de que subiera al punto más elevado del coral para lanzar su arenga a la población—. Dentro del camión hay un idor. Es médico, y se nos unió cuando le permitimos escapar del palacio de Bergkatse. Le pedí que se mantuviera oculto para que no asustara a la gente. Pero es necesario que nuestros vecinos comprendan que es un amigo, y que su ayuda será muy valiosa durante el viaje.

            —{¡Un idor!} Hace ≥muchos años que no veo a ⅜uno. Está bien, incluiré ᶴeso en mi √(discurso).

            Liánfal trepó hasta el punto más alto de aquella circunvolución del organismo coralino, y lanzó tres veces la llamada para convocar a su pueblo. Los lumitas se apelotonaron en las terrazas inferiores, dispuestos a escuchar lo que tuviera que decir. Ella les habló del peligro inminente que representaban los dravitas, y de por qué la ruta del oeste no era segura. La gente murmuró en voz baja, a sabiendas de los horrores que podía ocultar la ruta del este, la del Yermo, pero comprendieron la sabiduría que había en las palabras de la místar. Aún estaban muy afectados por el instintivo y ubicuo velo de la opresión, de la inercia llena de terrores de la civilización de Enómena. Y no querían que sus hijos vivieran para siempre a la sombra de aquellos monstruos que podían montar guerras entre sí sin el menor motivo. Así que accedieron a subirse a los camiones, y a poner su futuro en manos de aquellos conductores expertos y de sus dioses. Incluso el jefe del consejo de ancianos, un hombre con un melancólico bigote azul que le censuraba el labio superior, asintió dando su aprobación.

            Telémacus se acercó a Arthemis, que junto a Bloush y Tsunavi formaban un pequeño corrillo apartado de los demás.

            —Ha llegado la hora. Nos marchamos para siempre de este lugar. ¿Cumplirás tu parte del trato, Arthemis?

            La cazadora se bajó el casco —lo tenía alzado hasta la nariz para comer— y enfocó con su superficie cromada la cara de Telémacus. Bloush y Tsunavi apuraron sus cuencos de comida a lametones, y exigieron más.

            —La verdad es que no lo sé, Telémacus, cariño… El código es el código, pero lo cierto es que nuestro trato fue que tú me ayudarías a sacar de la fortaleza la Llave de Iridio, y no ha sido así.

            —No estaba donde se suponía que debía estar.

            —No es mi problema. El trato era que te acompañaría en tu loco viaje a la muerte conduciendo un camión si me quedaba con la llave como premio. ¿Tú la ves por aquí? Yo no.

            Telémacus dejó escapar un largo suspiro. En el fondo, la mujer tenía razón: no era culpa suya, pero el hecho crudo era que no habían conseguido robar el tesoro que buscaban. Así pues, ¿con qué autoridad podía pedirle que cumpliera con su parte? En todo caso, Arthemis podía comprometerse a intentarlo, no a hacerlo, pues eso era lo que Telémacus le había dado en retribución: un intento.

            Hizo un gesto de cortesía como indicando que cada uno debía sobrellevar su propia carga en la vida.

            —Tienes razón, y no voy a tratar de convencerte de lo contrario. Al menos lo intenté, y me jugué la vida entrando en el palacio del drav por ti, aunque al final no sirviera para nada.

            —Vamos, compañero, no te me pongas sentimental… —Sus ojos se volvieron inquisitivos, tan carentes de interés como dos agujeros de bala en la pared—. No quiero chantajearte.

            —Pero yo sí que quiero chantajearte a ti, por eso he sacado el tema. Estoy al tanto de que albergas razones de peso para aumentar el precio de tus servicios si intento cerrar contigo un nuevo trato. —Ante estas palabras, Arthemis hizo dos gestos diferentes con las manos, en direcciones opuestas, para simbolizar una detención en la rueda del destino. Pero Telémacus continuó—: Sin embargo, voy a darte unas cuantas razones de peso por las cuales ni a ti ni a tus hombres os interesa volver al templo de las Nueve Verdades. —Se refería al nombre popular que recibía el palacio del drav Raccolys, donde Arthemis tenía su casa—. Para empezar, la guerra es inminente entre los dos clanes, el de Raccolys y el de Bergkatse. Y más ahora que ambos han sido decapitados. La lucha por el poder de los Intérpretes de los Muertos va a ser un baño de sangre. ¿U os creéis que Kar N’Kal, o su homólogo en el otro bando, se van a quedar de brazos cruzados esperando a que un tercero se siente en el trono? La guerra que se aproxima no será de venganza, sino de sucesión.

            »El siguiente punto es obvio: cada bando reclutará a todos los cazarrecompensas que tenga a mano para usarlos como fuerzas de choque. La gente de nuestro gremio está marcada, lo sepa o no. ¿Vas a combatir por amor al arte, Arthemis, tú que no vas ni al baño sin exigir una recompensa? Si hay algo que va en contra de tus principios es luchar a cambio de nada, o mejor dicho, a cambio de esa moneda tan escasamente respaldada llamada lealtad.

            Supo que Arthemis estaba sonriendo por la posición de su cabeza.

            —…Y llegó el momento en el que nuestros besos no tuvieron sentido, y tu rostro se volvió terso y oscuro, loco y ávido de sangre, como una luna roja de invierno —recitó, recordando los versos de un poeta pre-Apagón.

            —No te burles, que hablo en serio —se enfadó Telémacus. Miró también a los otros, que se reían por lo bajo con un aire de psicopatía reprimida, Bloush con su esfínter central en medio de la cara y sus globos oculares sobre los hombros, y Tsunavi con su peinado punk hecho de cuchillas y sus colmillos de vampiro—. Si vuelves te espera el trabajar a cambio de nada, lo que para ti seguro que es peor que la muerte. Si te atreves a pedirles un sueldo a cambio de tu participación en la guerra, se inventarán veinte leyes patrióticas con las que justificar su tacañería y luego arrojarán tu cadáver a los barrancos ardientes de Devianys. Si vienes conmigo, nadie sabe lo que nos espera en el Yermo de Bering, pero te puedo garantizar que todas las reliquias que encuentres serán para ti. Y allí no te alcanzará la sed de venganza de Kar N’Kal ni la de su rival, Padre Addar.

            —Eres bueno con las palabras, Telémacus. Tal vez incluso mejor que con las pistolas. —Acarició su rifle provisto de arpón-cohete. Al final no tuvo que usarlo para escapar durante el asalto a la fortaleza móvil, pero no dudaba de que aquel ingenio terminaría salvándole la vida.

            —Ya sabemos que, de toda la vida, las palabras han infligido mucho más daño que las pistolas.

            Arthemis hizo un gesto complementario al anterior, como que la rueda del destino se ponía otra vez en marcha. Y le pidió que se apartase para hablar a solas con sus sicarios. Telémacus les concedió ese tiempo mientras veía cómo el pueblo lumita preparaba las cosas para la segunda parte de su éxodo. Empezaron a amontonar sus enseres junto a los camiones, cada cual eligiendo un poco al azar dónde quería subirse. Se trataba de bienes de primera necesidad, pero había algunos cuya justificación era puramente cultural, como aquellos instrumentos musicales llamados ergoros —una especie de curiosidad histórica algo embarazosa que conjuraba implausibles imágenes de una prehistoria que en realidad nunca había tenido lugar—, o los ropajes ceremoniales para la fiesta de la antigravedad, en la que los bailarines acababan su danza lanzándose al mar cero-g, el cual les levantaba los faldones para que parecieran nenúfares humanos giratorios.

            Arthemis le hizo un gesto con la mano para que volviera a acercarse.

            —Está bien, hombretón, iremos los tres contigo. No nos gusta nada la idea de combatir gratis en una guerra que ni nos va ni nos viene —le dijo—. Pero he aquí lo que pedimos a cambio: el derecho de revisar primero cualquier amonto de tecnología antigua que encontremos y hacer una criba para nosotros, después de la cual, de lo que sobre, podrás quedarte tú con lo que quieras. Y esto incluye todo lo referente a la antigua tecno, desde vehículos a objetos personales, armas, motores que aún funcionen o pedazos de menteplástico que puedan contener datos grabados. Todo.

            Arthemis no le dijo en ningún momento que había sido ella quien habló a favor de la guerra cuando trajo las cabezas cortadas de Darok, Ursa y Qamleq a la primera reunión con Kar N’Kal, pues en aquel momento luchar le parecía una perspectiva agradable. Pero había cambiado de opinión tras incinerar a Bergkatse: seguro que su propia cabeza tenía ahora un valor tan alto que tentaría incluso a sus compañeros Bloush y Tsunavi. Era mejor no regresar hasta que los clanes no resolvieran su guerra, y las antiguas rencillas ya no importaran.

Telémacus la miró con aire de suficiencia.

            —Debería daros vergüenza exigir tanto solo por conducir unos camiones llenos de gente.

            —Nos la da, tío, en serio —sonrió Tsunavi, dedicándole unos pucheros de osito de peluche. Era un gesto que prodigaba en exceso teniendo en cuenta que siempre que lo hacía, lo acompañaba con aquella mirada caníbal. Seguro que hasta duermes con esa sonrisa maquiavélica puesta, pensó el cazador.

            Telémacus frunció las comisuras de la boca en una especie de sonrisa invertida, pero accedió. Sellaron el trato de palabra —práctica habitual en el gremio, sobre todo cuando había testigos— y les asignó un camión a cada uno. Él conduciría el más grande, el que iría en cabeza, Arthemis iría en el segundo con el idor, y Bloush y Tsunavi cerrarían la marcha. Los tres estarían en contacto permanente por radio, pero Telémacus se aseguró de que los otros entendían que allí solo había una voz de mando, y que era la suya.

            —¡Atrapa eso! —le previno Arthemis, lanzándole un bol de bayas de junco en una parábola alta, que Telémacus atrapó al vuelo, aunque a costa de pringarse los dedos—. ¿Lo ves? Esta es la moraleja que hemos aprendido hoy: que a veces, aunque hagas lo correcto, terminas manchado de algo asqueroso.

            —¿Siempre hablas en epigramas, amiga?

            —Solo cuando tengo algo importante que decir, colega.