Hace ya una década cayó en mis manos un título que me sorprendió en más de un sentido. Mientras todo el mundo estaba maravillado por una de las IPs más increíbles que haya parido Capcom, como es el caso de la saga Monster Hunter, yo no podía sentir otra cosa salvo rechazo. No porque me parezcan malos juegos, al contrario: aquí anida una simple cuestión de gustos.

La saga Monster Hunter tiene muchas cosas que me gustan: mundos profundos y bien construidos, muy imaginativos, personajes entrañables, mecánicas de combate variadas, enemigos memorables y, sobre todo, muy exigentes. Esto es, con diferencia, lo que siempre me ha echado para atrás,y soy consciente de que es precisamente lo que hace único a estos títulos, pero yo no puedo. Del mismo modo que los soulslike no son para mí, los juegos donde tengo que aporrear botones durante media hora (o más) para acabar con un bicho que puede acabar pisoteándote en los últimos compases de una barra de vida que parece no bajar nunca, para tener que reiniciar el combate pero, esta vez sí, ahora sí que sí, e invertir otra exigente media hora en lo mismo… es algo que me drena. No es una cuestión de paciencia, sino de tiempo. Hay a quien le sobra, por los motivos que sean, y hay a quienes les apetece invertirlo en una progresión respetiva, lenta y exigente, que termina en un éxtasis de satisfacción. No soy ni de lo uno ni de lo otro. Por eso, pese a todo, decidí que la saga Monster Hunter no es para mí. Y está bien.

Pero luego llegó Monster Hunter Stories para la 3DS, y aunque el concepto partía de ser bastante infantiloide, había algo en esta nueva fórmula de combate por turnos que me gustó mucho. Ahora podía disfrutar de un Monster Hunter pero eludiendo el escollo que me ofrecía la línea principal de Capcom. Aún así, los combates se me antojaron simplones y relajados, y aunque no me gusta que me arrastren de dos golpes, me gusta tener cierto desafío. En otras palabras: de un juego de combate espero un rival exigente, pero no que yo sea su saco de boxeo. Y eso no lo encontré en el título de 3DS, ni tampoco en su secuela directa para Nintendo Switch, Stories 2: Wings of Ruin, que mejoró en todo a su predecesor, pero que todavía… aghh, le seguía faltando algo.

Marzo de 2026. Llega, tras una larga espera, Monster Hunter Stories 3: Twisted Reflexion, una nueva aventura de la saga Stories, ambientada 200 años después de lo sucedido en Stories 2, con una cuidadísima estética —y cuyos colores y parte de la identidad visual recuerdan a Breath of the Wild, con ese cell shading bien característico—, una banda sonora de aúpa, unos personajes entrañables y más humanos que nunca, con una historia más madura y adulta que, sin ser nada del otro mundo, llega a ser recordable y, esta vez sí, un diseño de combates (usando la ya clásica fórmula de piedra-papel-tijera) tan enfermizamente bien balanceado que ha conseguido, prácticamente hasta el final, un equilibrio de los enfrentamientos más maravillosos a los que he podido enfrentarme nunca.

Si es verdad que en este aspecto ha habido ciertos desajustes. Desde mi punto de vista existen al menos tres enemigos, llegados a la parte final del juego, que parten en dos el ritmo del juego. A lo largo de la aventura encuentras contrincantes formidables que, bien por no conocer su patrón de ataques o ir mal equipado, acaban contigo y tus monsties arrastrados por el suelo, pero la solución es relativamente sencilla: reequiparte, recordar los patrones y, en algunos casos, subir uno o dos niveles a tus personajes. Pero con el Malzeno, y sobre todo con Arkveld y el enemigo final esto no basta. El Malzeno es simplemente duro, Arkveld tiene una forma de atacar que barre contigo sin contemplaciones y solo hay una forma de poder acabar con él antes de que eso suceda, pero se dan tan pocas pistas sobre qué elemento es funcional que la experiencia se complica. El jefe final, por otra parte, es simplemente injusto. Subí de nivel, mejoré el equipo, memoricé el patrón de ataque de punta a punta, pero… no sé, quizá haya un factor de suerte que te permita acabar con él. En mi caso fue así, pero después de al menos una veintena de intentos.

Pese a esas pequeñas asperezas, el resto del título es sobresaliente. La cría de monsties y la creación de hábitats hace que la experiencia en el campo sea muy diversa, viva, cambiante. El sistema de comidas ayuda a fortalecernos y a enfrentar situaciones cada vez más complejas. Las mutaciones de los monsties funcionan como una especie de árbol de habilidades simplificado que, sin embargo, tiene su aquel.

Otra cosa que también me ha dejado muy buen sabor de boca son nuestros compañeros durante las peleas. La inteligencia que tienen se ajusta muchas veces al bicho al que nos enfrentamos, a nuestras tácticas y a nuestras necesidades (amén de cuando nos curan para no caer).

En general, Monster Hunter Stories 3: Twisted Reflexion es la fórmula refinada de lo que define a la subsaga Stories, y un juego excelente al que apenas lo lastran unas pocas asperezas que lo separan de ser una obra sobresaliente. Pero, eso sí, una grandísima oportunidad para enfrentarte a la saga Monster Hunter y a todo lo que representa.

Sin lugar a dudas, una experiencia muy recomendbale.