Los ojos de los investigadores, abiertos de par en par, no daban crédito al enigma que contemplaban. Ante ellos, suspendido en el abismo del espacio profundo, el fenómeno rotaba con la cadencia de un faro interestelar: emitía tres barridos consecutivos separados por 6,36 segundos y luego entraba en silencio durante 4,27. Aquella pausa, sin embargo, era imposible. Ningún púlsar conocido interrumpía su rotación de aquel modo. Entre una barrida y la siguiente, el haz de luz violácea se extinguía por completo, como si el universo contuviera el aliento, para reaparecer después en el mismo punto de origen, girando con una inclinación antinatural, como una estrella cuyo eje hubiese sido torcido por una voluntad ajena a toda ley física.
Nada en aquel patrón obedecía al azar. Era preciso, casi matemáticamente intencionado. El resplandor emergía y se desvanecía como un código esperando a ser descifrado. La pausa —ese vacío entre rotaciones— parecía más un signo, una forma de lenguaje, que una irregularidad cósmica.
—Si esto no resuelve la paradoja de Fermi de una vez… —dijo un físico, abrumado por el fenómeno.
—Más de un millón de mundos plenamente investigados, miles colonizados. Ni un rastro de vida extraterrestre. Quizás estemos por fin ante una estructura artificial de una civilización inteligente —dijo un aspirante a xenobiólogo.
—Puede que lo sea —intervino de inmediato el doctor Theodore Weldon—. Pero si son capaces de crear esto… no quiero ni imaginar en qué lugar de la escala Kardashev podrían estar.
Más allá del cristal, una lanzadera ejecutiva se aproximaba. Weldon había aprendido a reconocerlas. Eran el equivalente espacial de un automóvil de lujo en las Colonias Telúricas, un símbolo de poder económico y estatus corporativo. Weldon lo comprendió de inmediato y se estremeció: la Corporación Auriga ya había decidido intervenir.
*****
El comité de bienvenida de la estación se reunió para recibir a los recién llegados, como indicaba el protocolo.
Primero bajó Alicia Sutton. Su sola presencia pareció alterar la presión en el aire. Rubia, de cabello impecablemente simétrico salvo por un mechón colocado con estudiada displicencia tras la oreja. El brillo metálico de sus ojos verde esmeralda no parecía reflejar la luz, sino irradiarla.
Le seguía una comitiva de ejecutivos de alto rango.
—El doctor Weldon, asumo —dijo, con inconfundible condescendencia.
El ingeniero sintió un estremecimiento al oír cómo su nombre emanaba de sus suaves y jóvenes labios. Era la primera vez que interactuaba con la famosa señorita Sutton, el azote de las Colonias Telúricas.
Había leído su informe, pero no le hacía falta. Sutton era archiconocida por su firmeza con las colonias. Había servido con distinción en los Núcleos Exteriores, contribuyendo a mantener la estabilidad en colonias fronterizas y sofocando rebeliones en mundos penitenciarios de alto riesgo, entre ellos el planeta volcánico Romulus IV, conocido entre sus operativos como «Infierno». Su pericia psicológica y diplomática había evitado múltiples intervenciones militares, resolviendo crisis mediante persuasión estratégica antes que por la fuerza. Solo un informe, de categoría “clasificada” era la excepción a esta regla. Un secreto a voces, la destrucción entera de un mundo y su gente, a manos del poderoso Disecador a bordo de esa misma estación.
Ella le estrechó la mano. Un saludo protocolario y totalmente carente de empatía. Esperando sentir una piel fría y reptiliana, Weldon notó enseguida una calidez suave y embriagadora, dejando que el apretón de manos durara un segundo de más.
—¿Doctor Weldon? —repitió ella, devolviéndolo a la realidad.
Él se aclaró la garganta.
—Sí, señorita Sutton, disculpe mis modales —respondió, con una docilidad que no sabía de dónde había salido. El título de cortesía le salió sin pensar, casi como un reflejo condicionado—. Bienvenida a bordo de la Estación Espacial Militar Odysseus. Soy el doctor Theodore Weldon, jefe de Ingeniería e Instrumentación. Permítame, con su consentimiento, realizarle un recorrido por las instalaciones.
—Ahórrese el protocolo por ahora, doctor —lo cortó Sutton abruptamente—. Mi compañero Fuchs y yo estamos exhaustos. Hemos venido directamente desde el Sector Auriga. El Sector Serpens Cauda es tierra de nadie, altamente inexplorado y no queremos sobresaltos ni traspiés. Queremos proceder de inmediato al análisis preliminar del objeto.
—Sin… sin problema, señorita Sutton. Por aquí, por favor.
Había algo en ella que le resultaba hipnótico, un tipo de perfección que bordeaba lo inhumano. No sabía si era el corte de pelo —preciso, como trazado por una línea de ensamblaje—, el traje ejecutivo de tres piezas, gris oscuro y anguloso, con hombreras amplias y corbata turquesa; o quizá aquella serenidad glacial, tan propia de los altos mandos corporativos que hacía tiempo habían reemplazado el alma humana por el beneficio propio. O tal vez era el rostro mismo: un equilibrio imposible de rasgos, tan bello como el de una máquina diseñada para provocar deseo sin comprenderlo. Pero, tras mucho pensarlo, Weldon concluyó que eran los ojos. Esmeraldas frías, reptilianas, sin el menor atisbo de emoción, perfectas en su tono, en total armonía con la corbata turquesa.
*****
—Y eso es todo. No sabemos qué es —concluyó Weldon tras un análisis exhaustivo de todos los informes. Su voz, ajada por el insomnio, tenía el tono quebradizo de quien lleva días analizando lo incomprensible. Los pliegues de su rostro hablaban más que él: la piel hundida, las ojeras, los ojos enrojecidos. Su barba pelirroja estaba más canosa, y su coronilla más pronunciada. Los lacayos de Sutton pululaban nerviosamente por doquier, aparentemente más nerviosos y estresados que el propio Weldon.
—Sabemos que no es un púlsar. Nada más. Hemos rastreado radiación electromagnética, ondas gravitacionales, materia acrecida, magnetares, incluso residuos de plasma. Todo. Pero no encaja en ninguna categoría. Es un cuerpo totalmente nuevo.
Se permitió un breve silencio y luego suspiró con exasperación.
—Basta con verla; esa… cosa violeta no es un púlsar.
Entonces la sala de observación se inundó de luz. El haz cruzó el ventanal ominosamente con la intensidad de una bomba atómica, y los filtros del panel se tiñeron de un suave sepia protector para evitar que el resplandor cegara a los observadores.
—¿Qué nos pasaría si el haz de luz nos impactara directamente, sin protección? —preguntó Sutton.
—A esta distancia, apenas unos millones de unidades astronómicas, podría desintegrarnos. Esto es, si se tratase en verdad de un púlsar. El haz de un púlsar no es luz en el sentido común del término, sino una lanza de radiación gamma y partículas relativistas que atraviesa el vacío con una energía inimaginable. Bastaría una fracción de segundo bajo su trayectoria para que la materia orgánica se volatilizara, reducida a plasma incandescente antes de que el cerebro alcanzara a registrar el dolor.
Sutton no respondió, con los ojos serpentinos fijos en el faro interestelar, como una cobra a punto de saltar sobre una presa.
—Si fuese realmente un púlsar… es extremadamente lento y calculador —prosiguió Weldon—. Parece hasta programado para comportarse así. No sabemos qué puede haber en su interior; todo es altamente hipotético. Los núcleos de los púlsares pueden contener la materia potencialmente más peligrosa del universo: la materia extraña… una forma hipotética de materia ultradensa compuesta de quarks en lugar de átomos. Podría convertir todo lo que tocase en… más de sí misma. Siempre que esa materia permaneciese dentro y no saliera… estaríamos a salvo.
En torno al misterioso astro, el espacio mismo parecía arder: los campos magnéticos deformaban la geometría del vacío, y la radiación constante hacía vibrar los sensores como si el universo respirara con violencia. El objeto en sí distorsionaba visiblemente el espacio y el tiempo a su alrededor, tal y como lo haría una estrella de neutrones.
—Anotado, doctor Weldon —dijo una voz masculina tras él, precisa, tersa, sin inflexión humana—. Pero aún necesitamos confirmación de la Unión Revolucionaria de Sistemas Planetarios. En estos momentos orbitan el objeto.
—No hay noticias aún de la URSP —respondió Weldon.
—La Alianza Corporativa Interplanetaria no puede permitirse esperar —intervino Nathaniel Fuchs. De él provenía esa voz inhumana. Era el acompañante de Sutton, una versión masculina de ella: mandíbula cuadriculada, cabello negro peinado hacia atrás, sonrisa de tiburón corporativo. Su afilada nariz parecía diseñada para oler bonos anuales y ascensos a costa de alguien—. Los intereses de la Corporación Auriga están en juego.
Weldon asintió lentamente. Fuchs le resultaba insoportable, pero Sutton… lo desarmaba.
—Esto tiene implicaciones incalculables, doctor —añadió ella.
Fuchs la observó con aprobación, aunque Weldon percibió que no eran del todo iguales: ella era quien mandaba extraoficialmente, a pesar de que ambos tenían el mismo rango ejecutivo.
—Sea lo que sea ese fenómeno —continuó Fuchs—, no podemos dejar que la URSP se nos adelante. Tenemos órdenes de actuar con celeridad. Celeridad… y contundencia.
—Y cumpliremos esas órdenes, señor Fuchs —respondió Weldon, forzando serenidad—. Pero lo haremos con prudencia. Ya conoce nuestra diferencia con la URSP: ellos sacrifican vidas en nombre del Colectivo; nosotros seguimos protocolos que las salvaguardan. No enviaremos corponautas a una misión extravehicular sin comprender antes la naturaleza de un objeto desconocido y potencialmente peligroso. Aún creemos que podría tratarse de un fenómeno luminoso común, pero los intervalos… no son naturales. Todo indica que hay intención detrás. Algo lo produce. Y eso nos inquieta.
—Los científicos pueden darse el lujo de ponerse nerviosos; los corponautas no —replicó Sutton con una mueca fría.
A Weldon le turbó la frase más de lo que habría querido admitir. Había algo en el modo en que pronunciaba cada palabra: un siseo metálico en la voz, ajeno al lenguaje humano.
—Estamos aquí para obtener resultados, doctor —continuó ella—. Nadie quiere accidentes. Las demandas por muerte laboral son costosas, incluso para nosotros. Pero si la URSP descifra el misterio antes que la Corporación, será una humillación estratégica, por no hablar de un preocupante hueco en nuestra delicada carrera armamentística. Confío en que entiende la magnitud del riesgo.
—Está bien, señorita Sutton, no hace falta dramatizar. Mantengamos la calma —respondió Weldon con un atisbo de desafío. Quería provocarla, solo para ver cómo reaccionaba.
Sutton lo miró un segundo demasiado largo. Luego dio un paso al frente, tomó su mano con una suavidad antinatural y la guio hasta su garganta.
—Ponga sus dedos aquí—ordenó—. Índice y medio. Calcule mi pulso.
La obedeció, tembloroso. Pasó un minuto de silencio absoluto. El eco del pseudo púlsar, al otro lado del cristal, marcaba el ritmo: tres destellos, pausa. Tres destellos, pausa.
—Sesenta—murmuró Weldon al fin, cuando ella apartó su mano con un gesto brusco.
—Así de tranquila estoy—dijo ella, sin emoción alguna en su voz—. Usted, en cambio, debería relajarse, doctor Weldon. Le veo tenso. Le tiemblan las manos. Está nervioso. Claramente no ha dormido. Tómese la tarde libre. Queda relevado por hoy. Y lo mismo va para todos ustedes. Mis asistentes quedarán a cargo.
Weldon la observó marcharse con paso calculado, sin apresurarse. Con su andar delicado parecía flotar, deslizarse como un espectro. Cuando el ascensor selló su salida, bajó la mirada hacia su propia mano.
Casi por pura curiosidad científica, colocó los dedos sobre su propio cuello, y percibió unas preocupantes ciento cuarenta pulsaciones por minuto.
Y por un instante, creyó sentir que el universo entero lo observaba con la misma expresión muerta. El púlsar, testigo de su caída. No pudo evitar recordar ser bañado en su luz al calcularle el pulso a Sutton. Hubiera dado lo que fuese por congelar el espacio-tiempo en ese preciso instante, para toda la eternidad.
*****
En la armería de la estación Odysseus, los marines se preparaban para la caminata espacial con la falta de silencio típica de sus preparativos, completamente ajenos a la naturaleza verdadera de su misión.
—¿Serán piratas? —preguntó Tamaguchi, ajustando el cierre magnético de su exotraje. —Quizás cargueros ilegales, curiosos, buscando sacar tajada del objeto…
—O refugiados, tal vez —respondió Garcés. —Hubo una supernova hace poco en este sector. Quizás esta cosa, estrella de neutrones o lo que sea, es lo que quedó tras la explosión, y quieren escoltar a los supervivientes del sistema…
—No, yo sé quiénes son. Son los putos peleles esos de la URSP. —bufó McDougall —. Los comunautas.
Reinó el jolgorio entre los marines.
—No me jodas—exclamó Schwarz, soltando una leve carcajada—. ¿Qué harán los comunistas, leerle poesía al púlsar?
—Pues, con el púlsar al menos tendrán luz para leer, ¿no?
Una carcajada opaca resonó dentro de los cascos herméticos.
—Seguro que lo adoran. Todo lo que no entienden lo convierten en causa, religión o en bandera. Ineptos ignorantes, idealistas, primitivos.
—Deberías ver su estación espacial. La Oplot Mira. Jeje, no me jodas, “el Bastión de la Paz”. A cursis no hay quien les gane. ¡Oí que, literal, mantienen unidas las chapas con cinta adhesiva!
—¡Marines, corten la cháchara! ¡Formación! ¡Preparaos para el descenso!
Las risas se apagaron bajo el zumbido grave del reactor. Fuera, el espacio seguía pulsando con los tres destellos intermitentes.
*****
Muy lejos, al otro extremo del vacío, la Estación Espacial Militar Oplot Mira de la Unión Revolucionaria de Sistemas Planetarios giraba en órbita sincronizada alrededor del mismo fenómeno luminoso, directamente opuesta a la Odysseus. Su estructura exterior, una inmensa amalgama de aleaciones de titanio y geometría tecnomilitar industrial de primerísima línea, resplandecía con insignias doradas y escarlata, y desde el ángulo adecuado su silueta evocaba, con inquietante claridad, la hoz y el martillo terrestre de antaño; un monumento quizás no tan involuntario a su propia ideología.
En su interior, las luces azuladas del sistema de soporte vital pulsaban al ritmo del objeto: tres destellos, pausa. Tres destellos, pausa. Era como si la estación respirara al compás del latido cósmico. Cosmonautas en trajes color ocre y brazaletes con simbología socialista flotaban en el exterior, unidos por cordones de seguridad en una perfecta y disciplinada sincronía, entrenados para controlar cada micromovimiento y aliento con precisión quirúrgica, para no malgastar ni una caloría o molécula de oxígeno. En sus visores se reflejaba el haz violáceo del púlsar, a esta distancia, una pupila incandescente e inofensiva que parecía observarlos de vuelta.
Una lanzadera oficial del Presidium atravesó el horizonte metálico de la megaciudad interna del complejo residencial de la estación, y se perdió entre los rascacielos, antenas y platos de comunicación. En las fachadas de cada edificio, los lemas de la Unión resplandecían bañados por la luz intermitente del misterioso astro:
«Даже космос не заставит нас замолчать — наш голос не заглушить»
حتى الفضاء لا يستطيع إسكات صوتنا
連太空也無法讓我們的聲音沉寂
El eslogan se repetía en docenas de idiomas telúricos y jovianos, el eco ensordecedor de cuatro trillones de voces alzadas con un objetivo común. La traducción universal más fiel se solía reconocer como: “Ni siquiera el espacio puede acallar nuestra voz.”
En el corazón del complejo militar, el Salón de Entrenamiento vibraba con el murmullo de cientos de cuerpos moviéndose al unísono. Un batallón de Spetz-marines de élite ejecutaba una secuencia coreografiada de artes marciales híbridas, cada golpe acompasado con el ritmo de la luz. En el centro, el instructor, una figura alta enfundada en armadura de polímeros de grafeno negro, dirigía el flujo con la precisión de un metrónomo. El brillo del púlsar inundaba la sala en oleadas, marcando el pulso de la disciplina.
Cuando la sesión terminó, una mujer permaneció sola junto al ventanal. Era una teniente de rostro asiático, mirada vacía, respiración controlada y disciplinada. La luz del púlsar delineó el tatuaje de una serpiente que le envolvía el bíceps izquierdo, mordiéndose la cola hasta formar un círculo perfecto e infinito. Bajo él, unas letras finas, grabadas en jemer, rezaban:
ពស់ងាប់ដោយកន្ទុយរបស់វា
«La serpiente muere por su propia cola»
Ese tatuaje era el único recordatorio que le quedaba de su familia. Un genocidio colonialista por parte de las fuerzas paramilitares de la ACI había “disecado” su planeta por completo: así llamaban a la purga total de un planeta, sus recursos naturales, su población y hasta su biosfera entera. Solía hacerse con las colonias rebeldes, para que las demás aprendiesen. Esa había sido la última frase que le dijo su abuela al evacuar. No salió con vida.
La jefa del Proyecto Disecador era Alicia Sutton. Sothea jamás llegó a olvidar ese nombre. Juró venganza desde entonces, y no tardó en presentarse a las pruebas para los cuerpos de élite más temerarios de la URSP.
Permaneció allí, mirando los tres destellos y la pausa. Luego alzó su rifle de fase Zarya-V, cargándolo con un movimiento casi ritual, y caminó hacia la galería de tiro, mientras el ritmo del púlsar seguía latiendo dentro de su pecho.
—Teniente Sothea. Lim Sothea. ¿Me recibe? Responda, urgente.
—Aquí teniente Sothea. Le recibo alto y claro.
—Teniente, le habla el comisario Koslov, diríjase de inmediato al Puerto de Lanzamiento 02. Prepárese para maniobras EVA.
—En camino. ¿Camarada comisario, ha ocurrido algo grave?
—No se lo va a creer, pero… estamos realizando unas maniobras conjuntas de emergencia junto con la Alianza. Es una misión de rescate. Han pedido auxilio.
Sothea apretó fuertemente los dientes y le dio un puñetazo a la viga de soporte más cercana. Las órdenes eran las órdenes.
—Informe de situación…
—No hay tiempo para informar, camarada teniente. Recibirá instrucciones de camino allí, por ahora siga el protocolo. Si le sirve, esto me gusta lo mismo que a usted.
*****
La teniente Sothea había embarcado imaginándose mil maneras en las que podía sabotear la Estación Espacial Militar Odysseus. Pero jamás pudo llegar a imaginarse lo que iban a avistar sus ojos nada más ver ese símbolo de opresión militar.
La Odysseus, buque insignia de la ACI y joya universal de la tecnología humana, con su famoso anillo circundante emulando un astro joviano, ya no existía. Su forma permanecía, pero su estructura había sido completamente alterada. En su lugar, recubriéndola como una capa de pintura, había una masa de algo que solo podía ser descrito como carne; una carne viscosa, púrpura, pulsante y amorfa, fusionada con los metales, los asteroides, el polvo estelar, los restos de la estación espacial y todo aquello que alcanzase.
El pseudo púlsar ya había cesado su actividad. Ya no había ningún haz de luz violácea, ni movimiento alguno dentro del objeto. Como si de una supernova se tratase, solo quedaba una suerte de nube de polvo cósmico, similar a una mini nebulosa resplandeciente. De ahí emergía esa carne púrpura, como un tentáculo extendiéndose a ciegas en el cosmos.
La lanzadera de asalto de la Oplot Mira se acercó para observar al objeto con más detenimiento.
Sothea contuvo la respiración tras ver esa estructura de aspecto orgánico parecía provenir de un portal, que se asemejaba a un agujero negro, del que era imposible divisar su interior. La materia acrecida giraba caóticamente a su alrededor. Sin embargo, nada parecía caer dentro de ese agujero, ni dirigirse hacia él. Las partículas flotaban libremente en el espacio en torno a él.
—Pero… ¿qué es eso? —se sorprendió un Spetz-marine, incapaz de mantener la intachable compostura del cuerpo de élite. Los demás miraban boquiabiertos, conteniendo la respiración.
Nadie se atrevió a responder, ni siquiera a intentar imaginar ante qué fenómeno estaban. Sothea aumentó la visión de su traje. Consiguió ver de cerca la gran protuberancia con gran detalle, y cómo envolvía a la estación. La textura era claramente orgánica, y de alguna forma parecía respirar incluso en el vacío del espacio. Mirando más de cerca, Sothea advirtió que de esa masa cárnica salían protuberancias, como si fuesen vellosidades intestinales.
Era la tripulación de la estación: torsos inertes, con expresiones ausentes e inhumanas, fusionadas por la cadera a la masa. No parecían muertos ni faltos de consciencia. Algunas extremidades, brazos, piernas y cabezas también parecían sobresalir de la textura de la carne, asemejándose a pólipos de coral, y aparentemente podían moverse por sí mismos, como si sus dueños tuviesen todavía un mínimo de control sobre ellos.
De repente, una cápsula de emergencia se desprendió de la masa orgánica con violencia, arrancando filamentos de carne púrpura que quedaron agitándose en el vacío como nervios expuestos. Los propulsores laterales corrigieron el rumbo mientras la pequeña nave giraba lentamente sobre su eje.
—¡Mirad! ¡Están evacuando!
Una a una, las lanzaderas de emergencia de la Odysseus fueron interceptadas y absorbidas por la masa. Todas menos una.
*****
La teniente Sothea mantenía ambas manos aferradas a los controles. Su respiración resonaba en el casco. Detrás de ella, sujeto con correas magnéticas al asiento secundario, el doctor Weldon temblaba visiblemente. Seguía empapado en sudor. Sus pupilas permanecían dilatadas, perdidas en algún lugar que Sothea no podía imaginar.
Durante varios segundos ninguno habló.
Fuera del ventanal, la Odysseus agonizaba en silencio, convertida en una colosal amalgama de metal, hueso y carne palpitante. El gigantesco tentáculo biomecánico continuaba emergiendo lentamente del agujero negro imposible, retorciéndose sobre sí mismo como una víscera cósmica.
—Soy el doctor Weldon, Jefe de Ingeniería e Instrumentación de la Odysseus—se presentó por fin el ingeniero, visiblemente afectado, empapado de sudor frío.
—Explíqueme qué es esa cosa —dijo Sothea fríamente, sin rodeos.
Weldon la miró desesperanzadoramente.
—Llevo días intentando encontrar las palabras correctas.
—Inténtelo.
El doctor contempló el agujero, y pensó largo y tendido antes de responder.
—Esta era una misión ultra secreta. Estábamos bajo las órdenes de la misma Alicia Sutton de la Corporación Auriga.
Hubo un revuelo entre los Spetz-Marines.
—¿¡Cómo!? ¿Pero qué coño? Esa… perra colonialista—comenzaron a protestar. A Sothea le hervía la sangre, pero estaba demasiado sobrecogida por el fenómeno como para preocuparse por eso. Mantuvo la calma.
—Callaos. Dejadle hablar.
—Gracias, teniente. No tuvimos mucho tiempo para maniobrar, pero intentamos todo lo que pudimos con el arsenal abordo, que no es poco. La Odysseus es la Estación Espacial Militar más letal que existe, lo sabéis. Usamos todo tipo de armas contra esa cosa el momento en que apareció. Ni un rasguño. Cañones automáticos, de riel, misileras, nada. Usamos entonces el Disecador, que normalmente haría arder un planeta entero hasta secarlo. Nada. Ocurrió todo casi en una fracción de segundo. Con la inteligencia artificial de abordo y sus instrumentos, lo que conseguimos averiguar desde el momento en que la luz cesó y comenzó a absorbernos es que… no es un ser vivo como tal. Tampoco una máquina. Ni siquiera creo que sea algo vivo según nuestros criterios. Nosotros pensamos en líneas bien definidas: vivo o muerto. No creo que esto se aplique aquí.
Sothea frunció el ceño.
—No entiendo.
Weldon suspiró trabajosamente.
—Todo esto es muy especulativo. Son teorías propias. Pero creo que todas las partes de esa entidad parecen existir de forma simultánea y continua, como si su estructura no estuviese limitada por una secuencia temporal normal. Lo orgánico y lo inorgánico, la materia y la consciencia, todo forma parte del mismo sistema recursivo. Los destellos del pseudo púlsar no eran una señal, eran como un latido, una respiración. Tres pulsos y una pausa, inspiración y exhalación; el ritmo de algo gigantesco intentando mantenerse unido.
—¿Un organismo?
—Una civilización.
Sothea se acercó lentamente hacia él.
—¿Qué?
—Lo que yo creo es que… es una civilización antigua que sobrevivió a todo; a sus guerras, a sus ideologías, al desgaste de sus cuerpos. Comprendieron que toda civilización inteligente termina destruyéndose por la misma enfermedad: el individualismo. El egoísmo. Dejaron de verse como individuos hace billones de años. Se fusionaron en una única conciencia recursiva.
Sothea observó nuevamente el tentáculo.
—¿Y la carne?
—No consume cuerpos solamente, o materia inorgánica. Consume consciencias. Lo que vimos en la Odysseus… era un proceso de integración a su civilización. Tengo la impresión de que, ahí, debajo, estando ya asimilado… hay un universo en sí mismo. Algo que la consciencia humana jamás podría explicar o percibir. Como entrar a un agujero negro y salir contando lo que se vio. Es imposible.
La teniente sintió un escalofrío.
—Eso no es integración. Es una abominación de la naturaleza.
—¿Lo es? —preguntó Weldon con una calma inquietante—. Mire nuestra especie. Cuatro trillones de seres repartidos entre sistemas enteros que no paramos de explotar y arruinar para nuestra supervivencia inútil. Guerras ideológicas eternas. Corporaciones devorando planetas. Revoluciones. Hambre. Miseria. Soledad. El espacio entero parece diseñado para aniquilarnos, con su enormidad y falta de recursos para la vida. ¿Y si ellos encontraron algo mejor que la colonización espacial, en esa unidad total y eterna?
Sothea no respondió.
La nave siguió avanzando alrededor de la inmensa estructura púrpura. Cuanto más rodeaban el tentáculo, más evidente resultaba su tamaño imposible. No parecía emerger del agujero: parecía estar descomprimiéndose de un punto hiper contraído.
Entonces Sothea lo contempló. Su respiración se detuvo.
La parte posterior del tentáculo desaparecía dentro del portal, exactamente por el lado opuesto, como si de un agujero negro se tratase, y no pudiese reflejar su luz. La criatura parecía salir de la nada, pero todo tenía un origen. La cola podía regresar al punto original, en un círculo perfecto.
—Uróboros —suspiró Sothea.
La nave continuó orbitando lentamente aquella geometría imposible. Sothea contempló mejor cómo al otro lado del agujero, la cola de la gigantesca serpiente biomecánica desaparecía en esa oscuridad.
El monstruo no viajaba a través del agujero. El agujero era el monstruo, descomprimiéndose de alguna forma, pasando de un punto hiperdenso a su estado actual, como si de un Big Bang se tratase. De alguna forma, había llegado a ese punto hiperdenso para hibernar, esperando ser despertado y seguir consumiendo. La Odysseus simplemente había tenido la mala suerte de haber llegado antes que la Oplot Mira.
—Entonces… ¿puede morir? —murmuró.
Weldon la observó en silencio durante unos segundos y sonrió con melancolía.
—Pues… sería un genocidio, ¿no?
De repente, la masa se plantó bruscamente contra ellos y la nave se detuvo por completo. El impacto resonó por toda la estructura con un crujido metálico, seguido de un silencio antinatural.
Como una figura mitológica griega, el torso desnudo de la hermosa Alicia Sutton emergió lentamente de la parte frontal de aquella serpiente biomecánica, unida por la cadera a la biomasa púrpura. Su cabello rubio flotaba ingrávido alrededor de su rostro perfecto. Sus ojos verde esmeralda permanecían abiertos, inmóviles, desprovistos de humanidad. La carne a su alrededor pulsaba al mismo ritmo que el anterior falso púlsar.
La masa comenzó a abrir la nave.
No la perforó. Simplemente asimiló sus componentes, como si el metal hubiese dejado de existir de un momento a otro. Los paneles se deformaron silenciosamente, replegándose hacia afuera como pétalos.
Weldon se congeló.
Ya no parecía obrar lógicamente. Miraba a esa bestia híbrida embobado, con una mezcla insoportable de terror, amor y devoción, como un creyente frente a una aparición divina.
—Pensé que la había perdido para siempre —dijo, volviéndose hacia Sothea con una mirada cargada de tristeza genuina—. Tengo que hacerlo. Dudé, es verdad. Pero ahora lo sé. Es la mejor manera. Ella me ha convencido.
—¡Weldon, no! —gritó Sothea, soltándose de los arneses.
Pero ya era demasiado tarde.
Weldon abrió lentamente los brazos, y la biomasa lo envolvió con una delicadeza casi maternal. Su cuerpo desapareció dentro del engendro púrpura mientras Sutton lo observaba en silencio absoluto, inmóvil como una diosa tallada en mármol.
Uno a uno, los Spetz-marines también fueron asimilados a la masa. Sothea fue la única que consiguió escapar en su mini cápsula de emergencia, con un exotraje EVA.
Entonces la transmisión de radio estalló dentro de su casco.
—¡Teniente! ¡Teniente Sothea, responda!
Era la voz distorsionada del comisario Koslov.
—Aquí Sothea —respondió, aún semiparalizada.
—Escúcheme con atención, camarada teniente. Hemos terminado el análisis del portal. No se comporta como un hipotético agujero de gusano. El horizonte gravitacional no conecta dos regiones separadas del espacio-tiempo. Las ecuaciones indican algo mucho peor: la singularidad se curva sobre sí misma. Como una cinta de Möbius. Todo lo que atraviesa el portal parece regresar al mismo punto desde el lado opuesto, atrapado en un bucle cerrado de materia y energía.
Sothea observó cómo el gigantesco tentáculo continuaba emergiendo del agujero.
Entonces comprendió.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—La cola… —murmuró.
—¿Repita?
— «La serpiente muere por su propia cola.»
Silencio.
Luego Koslov habló con voz grave.
—Si emerge por un lado… entonces puede que desaparezca por el otro. Que se consuma a sí misma y colapse. La única manera de detenerla.
Sothea sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Uróboros. La criatura no estaba invadiendo el universo: estaba atrapada en un ciclo perfecto y eterno. La cabeza emergía del portal mientras la cola regresaba a él, formando un circuito biológico imposible, sin principio ni final. No era un organismo desplazándose por el cosmos, sino una inteligencia colapsada sobre sí misma, condenada a devorarse eternamente a través del espacio y el tiempo. Y entonces comprendió el verdadero horror: como dijo Weldon, quizá aquello no era una anomalía, sino el destino final de toda civilización inteligente. Quizás por eso no encontrábamos civilizaciones avanzadas expandiéndose por el universo.
Sothea activó los motores auxiliares del potente exotraje, que vibró violentamente mientras comenzaba a rodear la inmensa estructura biomecánica, siguiendo el recorrido del tentáculo alrededor del agujero gravitacional.
La serpiente pareció advertirlo, y centró toda su atención en Sothea.
La carne púrpura comenzó a convulsionar. Miles de extremidades humanas fusionadas a la biomasa se agitaron espasmódicamente. Rostros atrapados dentro de la carne abrieron los ojos al unísono, ojos y bocas malformadas contorsionándose con muecas inhumanas.
—¡Teniente, retroceda! —gritó Koslov —. ¡La anomalía está reaccionando!
Pero Sothea continuó. Aceleró alrededor de la criatura hasta alcanzar el extremo posterior del tentáculo.
Y allí vio la cola, desapareciendo dentro del mismo agujero del que emergía la cabeza. El círculo perfecto.
Sothea apretó los dientes.
—Si el circuito se completa…
Sothea descendió directamente hacia la parte posterior del portal, guiando al tentáculo con toda la fuerza de sus motores auxiliares. En el último segundo, sobrecargó los motores auxiliares al máximo para conseguir un impulso que la hizo ascender fuera del rango de persecución de la criatura. Sutton se estrelló de cabeza contra el misterioso agujero gravitacional, invisible al ojo humano. La estructura biomecánica entera se contrajo violentamente. Por primera vez, la entidad pareció sentir dolor real.
El espacio comenzó a deformarse alrededor del uróboros cósmico. La carne púrpura colapsó sobre sí misma mientras la cabeza del tentáculo era forzada nuevamente hacia el interior del reverso del agujero.
Miles de voces humanas resonaron simultáneamente por la radio, gritos y súplicas de voces aterrorizadas.
La serpiente biomecánica desapareció finalmente tras el agujero, contrayéndose hasta desvanecerse por completo una vez más. Lo último que vio Sothea fue a Sutton, su forma imitando la de una sirena grotesca, su mirada inhumana contorsionándose ante el terror inimaginable que le esperaba en aquella nada.
El portal comenzó a cerrarse sobre sí mismo, consumiendo la última traza de carne púrpura. Sothea observó el vacío absoluto que quedaba frente a ella y suspiró de alivio.
Ya había terminado.
La teniente no se puso en contacto enseguida con el centro de mando. Necesitaba tiempo para procesar emocionalmente todo lo que había acontecido. Respiró profundamente y miró hacia la eternidad del cosmos, hacia nebulosas hermosas en la inmensa lejanía. Las palabras de Weldon todavía le pesaban. ¿Sería verdad lo que dijo? ¿Qué toda civilización estaba destinada a la extinción, a no ser que se uniese en un engendro de consciencia y masa colectiva como esa criatura? Pensó en la lucha anticolonialista que le llevó a alistarse en primer lugar, a perpetuar ese círculo de violencia contra los opresores. Jamás llegó a imaginar que conocería a Alicia Sutton en persona, convertida en esa inexplicable serpiente cósmica. Sintió que otro círculo por fin llegaba a cerrarse, la venganza por la muerte de su planeta y sus seres queridos. Pero más que nada, reflexionó sobre si debía continuar esta lucha, o encontrar otras formas de fomentar la unidad entre los pueblos, para acabar por fin con esa escoria que era la naturaleza sumamente violenta de su especie…
Sothea volvió a respirar profundamente, y por fin se dispuso a contactar:
—Camarada comisario Koslov, ¿me recibe?
Silencio.
Sothea probó todos los canales disponibles, pero estaban muertos.
—Aquí teniente Sothea, me dirijo a la Estación Espacial Militar Oplot Mira. ¿Me recibe alguien?
Sothea revisó los niveles de oxígeno y combustible de su exotraje, al que ya le quedaba poca autonomía de vuelo para navegar. Muy pronto ya no podría desplazarse. Necesitaba ser rescatada.
—Aquí teniente Sothea. Estación Espacial Militar Oplot Mira. ¿Me recibe? Solicito rescate, Sector Serpens Cauda…
Sin respuesta.
Pronto, en la lejanía, Sothea captó algo extraño por el rabillo del ojo que le llamó la atención. Entonces, sus ojos se posaron en la dirección de la Oplot Mira.
Una congoja inimaginable se apoderó de ella.
Tres destellos.
Pausa.
Tres destellos.
Pausa.