…sintió el roce de un frío tan suave
como una pluma y tan agudo
como una hoja de acero deslizarse
directamente a través del centro de su abdomen…
Stephen R. Donaldson
1
Estaba harto de luchar; apenas conseguía mantenerse despierto. El peso del pasado aplastaba sus movimientos confusos. Preso del cansancio, avanzó por el pasillo, adormecido por el efecto secundario de los somníferos, mientras los embates de su corazón le golpeaban el pecho.
Con delicadeza, pasó la mano sobre la pared, notando la rugosidad de la piedra. Tenía mucho frío y su piel blanquecina brillaba bajo las sombras del atardecer. El clima invernal que asolaba la ciudad era terrible; desde su infancia no había contemplado una nevada tan copiosa.
Aunque fuera un producto de su imaginación, sabía que cuando el sol se escondiera detrás de los rascacielos encontraría las respuestas que buscaba. El contacto del picaporte serenó sus nervios a flor de piel.
Al abrir la puerta de madera, una estancia a oscuras llenó sus sentidos. Reconocía los confines volumétricos de la habitación; le eran tan familiares como su carne, huesos, nervios o tendones. Cerró al entrar, asimilando la vacuidad que lo rodeaba, embotado por las pesadillas que lo habían despertado.
El cuarto era pequeño. Un hermoso espejo de dos metros de alto estaba situado en el centro, circundado por una sábana de terciopelo negro que formaba un arabesco a los pies del marco. Con ternura, acarició la moldura de roble artísticamente cincelada, deleitándose en la suave curva del cristal, fascinado por la superficie de mercurio que reflejaba la pared situada a su espalda.
2
Hacía años que entraba en aquella habitación en tinieblas, anhelando encontrar las respuestas que se le escapaban a borbotones. Se contemplaba durante largas horas, sin atrapar el porcentaje de humanidad que había perdido.
El marco vacío asimiló su presencia. Su doppelgänger era una copia perfecta de su persona. No sabía dónde estaba la diferencia, porque apenas se consideraba real.
El reflejo le devolvió la imagen de un individuo de cuarenta años: cabello rubio albino, ojos grises, pómulos marcados, mentón afilado. Las pupilas brillaron en el rostro fantasmal, llenas de pesar, diluidas en un pozo de contradicciones.
Su cuerpo parecía tallado en un bloque de mármol; los músculos lánguidos se marcaban sobre la piel aterida. Hebras de plata ponían de manifiesto su sangre aria.
Desconsolado, contempló a su doble, esperando que le ofreciera las promesas que necesitaba.
—¿Quién eres? —preguntó—. ¿Por qué me atormentas?
—¿Aún no lo has averiguado? —respondió una voz siniestra.
—No. ¿Quieres que me vuelva loco?
—No es necesario —rio con malicia—. Tú mismo te has encargado de ello.
Las cuestiones flotaban en el aire; ilusiones muertas de antemano remolineaban a su alrededor, tomando consistencia por momentos. Tuvo la impresión de perder el sentido de la orientación. Su espíritu retenía la memoria y no era capaz de enfrentarse a la realidad. Detestaba admitir que la soledad lo enloquecía.
—Te odio.
—Lo sé, amigo.
—Eres despreciable.
El doppelgänger sonrió.
—Gracias.
—No mereces vivir.
El gesto se extendió como una cicatriz.
—Gracias.
—¿Por qué no te suicidas?
Su imagen lanzó una carcajada cínica.
—Tú primero.
3
Tenía miedo. El aislamiento se intensificó: una pausa entre dos mundos donde reinaba el vacío de la impotencia, estrujando sus pulmones. El ambiente se volvió más tenue, impreciso, recorriendo sus venas como una enfermedad que le arrancaba el alma.
A veces creía comprender las visiones que le ofrecía el espejo: desiertos barridos por tormentas de arena, salas de operaciones rodeadas por cirujanos crueles, océanos cubiertos de estática, ruinas bañadas por tormentas de nieve, campos en guerra llenos de cadáveres…
Sueños inconclusos de diversas vidas. Imágenes de distintas encarnaciones. Instantes que vivió en el pasado, intervalos que experimentaría en el futuro, manifestándose eternamente a través del mercurio.
Poco a poco, introdujo su diestra en el marco, penetrando en aquel reino de ensueños, mientras el cromo derretido cubría su antebrazo. No deseaba aceptar la realidad que lo torturaba; era preferible deslizarse dentro del espejo, perderse en los ámbitos delineados detrás del cristal plateado.
Cerró los párpados y el olvido nutrió sus fibras, transformando sus pensamientos en líneas borrosas.
—Eres un cobarde —escupió su doble—. No tienes agallas para enfrentarte a la verdad.
—No me importa.
El tacto del vidrio no tenía explicación. Los latidos pulsantes lo ayudaron a desvanecerse en el espectro que oscilaba en el presente, arrastrándolo al abismo que llevaba años intentando averiguar.
—¿Soy real?
—No.
—¡Mientes!
—No.
—¡Intentas engañarme!
—¡No!
4
Bruscamente abrió los ojos. La temperatura descendía; su epidermis se resintió. Se abrazó, como si volviera a ser un feto en la matriz de su madre, pero no se encontraba protegido: la vida lo había aniquilado con su miseria.
En la calle, la noche cubría la mansión, propagando una madrugada insensible, veteada por estrellas ausentes, dolorosa hasta el punto de no lograr resistirla.
¿Quién era el auténtico yo?
Con una sonrisa melancólica, se acercó al espejo mientras su doble desaparecía, evaporándose en algún lugar indeterminado. El doppelgänger era una ilusión incompatible, un pedazo de irrealidad en el límite de su alucinación. La belleza de su condena no era auténtica: sólo un anagrama inútil, vacío de esperanza.
La pasividad de su existencia se mezcló con el metal líquido. Recordaba miles de noches insomnes, perdiendo el tiempo, abarcando la luz del crepúsculo, esperando encontrar la verdad.
Intentó llorar, desesperado, pero el llanto no afloró; estaba emocionalmente en blanco.
El marco comenzó a calentarse. El cristal ardía. Relámpagos cruzaron la superficie enrojecida, presagiando malas nuevas. Su imagen reía en el fondo del espejo, despreciándolo, fundiéndose con el mercurio en suspensión.
—¡Has metido la pata, bastardo!
—¡Púdrete!
—¡Nos veremos en el infierno!
5
Una última proyección inundó el vidrio: las copas de los árboles se mostraron entre la bruma que cubría el bosque. El tiempo se suspendió en su balanza, paralizando los troncos retorcidos durante unos segundos.
Antes de desvanecerse en el espejo, escuchó el sonido de los cascos sobre la hierba. Un hermoso unicornio inundó su campo visual, volviendo la cabeza en su dirección, ofreciéndole las crines plateadas como consuelo.
Un sueño de verde para aliviar sus pesares…