Con la frente apoyada en la puerta mientras su mano sostenía la llave, Manuela pensaba en su día. Repasó en su mente el trabajo que hizo en la finca de los vecinos, en la madrugada ordeñar y luego cargar bultos de papa. En la tarde, había regresado al pueblo para atender el supermercado hasta la noche. No podía cerrar las manos, le costaba mantener la espalda recta y las punzadas en las piernas apenas si le permitían estar de pie. Había aprendido a callar el dolor.  Las voces que le insistían que diera la vuelta y se marchara lejos, seguían allí, se habían vuelto una sombra que la seguía a todas partes. Se imaginaba lo que le esperaría del otro lado: la ropa tirada en el pasillo, la loza sin lavar, las tareas del colegio de sus hijas. Deseaba no tener que comprar materiales o hacer alguna maqueta para el día siguiente, no tenía las energías ni el dinero para eso. 

Parecía ser la única que se sentía así. A donde quiera que mirara, las personas mostraban una alegría que Manuela creía antinatural. Algunos llegaban a sus casas con bolsas llenas de comida, algún borracho pasó tarareando una alegre canción; otros, con su pareja, tomados del brazo y con los ojos llenos de amor. No entendía cómo le hacían, cuál era el secreto y por qué nadie se lo había enseñado.

Respiró profundamente y abrió la puerta. Sus hijas, Sara y Camila, gritando de alegría corrieron a aferrarse a la cintura de su mamá. Manuela dejó salir una sonrisa sincera y su mirada se encendió de felicidad, sus preocupaciones se habían ido con solo verlas. Las abrazó, ocultando el rostro para que no vieran cómo sus ojos se nublaban con lágrimas. Sentirlas cada noche hacía que todo su esfuerzo valiera la pena, perderse en el aroma de sus cabellos aliviaba su cansancio. Ellas hacían que su vida por fin tuviera un sentido.

Sara trajo aguapanela con queso, huevo y pan, sostenía la bandeja con orgullo porque lo había preparado ella sola. A Manuela le hubiera gustado ver cómo cocinaban esas manitas. Para ella esta era la única comida del día, sus hijas lo sabían y por eso le dieron la mejor porción. Las niñas, al menos, tenían almuerzo en el colegio. 

El día de pago aún estaba lejos y Camila, la mayor, cumpliría sus diez años en una semana. ¿Y si hacía unas horas extras en ese bar? El trato que recibía de los clientes borrachos era lo de menos, sabía cómo manejarlo, lo que no quería era dejar de compartir con sus hijas. Se dijo a sí misma que era temporal, que algún día no tendría que elegir entre el dinero y el tiempo, pero en el fondo sabía que era mentira, una que necesitaba creerse. Se quedó viendo cómo la mayor le daba parte de su comida a Sara, antes de que pidiera más y Manuela no tuviera qué ofrecerle. Se merecían todo. Volvería al bar, podría soportarlo otra vez. 

Por fortuna, no había tareas del colegio, así que sería una noche de chicas. Manuela se puso una ropa más cómoda y jugaron un rato a las escondidas, las risas recorrieron toda la casa. Cuando se cansaron, organizaron una competencia de peinados. Cada una tenía que hacer las trenzas más creativas o los moños más graciosos. Así estuvieron hasta que las risas no las dejaron continuar. La ganadora fue Sarita. Dormir con ellas era la mejor parte del día, le gustaba hacerse en el centro, para tener la mejor vista de las niñas durmiendo. Descansar a su lado era lo más cercano a la paz que tanto deseaba ¿Por qué no podía arruncharlas para siempre?

Alguien llamó a la puerta, era más de la medianoche. Manuela sabía quiénes eran, pasaba noches sin dormir esperando que llegaran. Con el corazón en la garganta, atendió lo más rápido que pudo, sería un error hacerlos esperar. Había adquirido con los pagadiario un préstamo, sin embargo, los intereses comenzaron a subir con el paso de los días y, cuando hizo cuentas, entendió que tardaría años en acabar con la deuda. Parte de su salario se iba pagando los intereses, y ahora que se acercaba el cumpleaños de Camila, había decidido atrasarse un poco para comprarle la libreta de dibujo que tanto quería y un conjunto de lápices. Pero los pagadiario son impacientes, no importaba lo puntual que hubiera sido con sus pagos anteriores, no toleraban ningún atraso. Ahí, en el silencio de la calle, estaba uno de los cobradores con un rostro inexpresivo, pero intimidante, rozando con su mano la riñonera en la cintura. No venía solo, tres hombres esperaban detrás de él. Manuela sintió un vacío en el estómago, claramente venían a cobrar todo y con intereses. 

No tenía con qué pagarles ni nada material que les sirviera. Si tomaban algo de ella, estaba dispuesta a entregarlo si con eso ya no tenía que lidiar con esa carga. Pero no la querían a ella ni a sus pertenencias, se le rieron en la cara cuando se los ofreció. Querían a sus hijas y se las iban a llevar hasta que sanara la deuda. Y si no tenía cómo pagar, ellas lo harían.

Manuela salió a pedir ayuda. Los vecinos, que habían estado atentos a lo que sucedía, cerraron las puertas y apagaron las luces en cuanto la vieron salir. Amigos de toda la vida fingieron no escuchar los golpes desesperados, las súplicas. 

Al volver se enfrentó a los pagadiario, peleó cómo pudo. Nada pudo hacer contra los cuatro. Los hombres, envalentonados por la indiferencia del pueblo, buscaron someterla. Manuela no sabía de dónde venían los golpes, llegaban certeros y casi la hacían dormir, pero eran los gritos de sus hijas pidiendo que pararan los que la mantenían consciente. Intentó alcanzarlas, pero siempre terminaban doblegándola. Al final, escuchó las vocecitas perderse en la distancia, a las malas le arrancaron las dos mitades de su vida. 

Apenas podía ver, le habían cerrado los ojos a punta de violencia. Arrastrarse o levantarse fue imposible, le latía la cabeza, sentía mucho sueño y tenía miedo de no despertar. Se abrazó a sí misma y oró para que su vida resistiera, que algún dios le prestara algo de tiempo, el suficiente para recuperar a sus hijas. Trabajaría el doble, el triple, lo que fuera necesario. Pero su cuerpo estaba muy débil e inevitablemente murió.

Ahora, su espíritu era distinto, era más fuerte, indomable, y con esa fuerza doblegó a la muerte, doblegó al tiempo. Contra ellos también luchó y salió victoriosa. Le permitieron quedarse hasta que las recuperara. Manuela permaneció en la casa esperando, preguntando a todo el que pasaba: «Mis niñas, ¿dónde están mis niñas?», pero nadie le respondía. Los vecinos empezaron a evitar el lugar, no querían lidiar con una loca. Semanas después, los pagadiario volvieron, creyéndola viva aún. Tenían una deuda que cobrar. Entraron con una sonrisa en el rostro, como viejos conocidos, preguntando por la salud de Manuela y por su trabajo, que sus hijas le mandaban saludos. 

Entonces Manuela les gritó dejando salir la rabia contenida. Bramó para que la escucharan. Era un ser deformado por la pena que les exigía en medio de un llanto desgarrador una respuesta sobre el paradero de Sara y Camila. A uno de los hombres el corazón no le soportó y cayó sin vida, los demás quedaron ciegos por la visión y con los oídos reventados. Huyeron como pudieron sin decirle nada. 

No volvió a ver a las niñas. Intentó buscarlas en los dibujos de los cuadernos, en los mechones de cabello atrapados en el peine, en las huellas visibles todavía desde que se las llevaron, pero hacerlo solo avivó sus lamentos. Estaba atrapada en la casa, los recuerdos no la dejaban salir. 

Pasaron los años y ella seguía llorando y preguntando «¿Dónde están mis hijas?, ¿dónde estarán mis hijas?». El sufrimiento de Manuela se filtraba entre las paredes como una brisa enferma que quitaba el sueño y las ganas de vivir. La gente que oía los gritos no pudo hacer nada para calmarla, por eso abandonaron el pueblo. Ella se quedó sola viendo cómo las casas se convertían en ruinas. La ropa de Sara y Camila era reclamada por la tierra, el viento se llevaba el sonido de sus voces llamando a su madre. Y en aquel abandono creció un bosque, y fueron los animales e insectos su única compañía. Y ninguno de ellos supo darle razón. 

Hasta que finalmente olvidaron el nombre del espíritu y su historia. Ahora se dice que en el bosque se aparece una mujer, una criatura horrible que llora y se roba a los niños que pasan por ahí, creyendo que son las niñas que ahogó en el río, movida por los celos o el hambre. Pero Manuela nunca hizo eso, no arrastró a nadie más. No condenaría a ningún hombre o mujer a vivir sin sus hijos, por eso, a ningún niño se llevó. Por desgracia, nada se puede hacer por ella, ese es el destino de las lloronas, cargar con el desprecio ajeno y con un dolor que solo ellas entienden. Aún se le ve caminando entre los árboles, inofensiva, llorando y preguntando por sus hijas. Incluso si las encontrara, ellas no la reconocerían, pues ya no queda rastro de esa madre amorosa, lo que persiste es un lamento entre los árboles, un eco triste que nadie reconoce y que nadie quiere escuchar.