No es la primera vez que hablamos de Kimetsu no Yaiba (Demon Slayer en inglés o Guardianes de la Noche, en su traducción al castellano, traducción de la que no vamos a hablar hoy). Narés García ya lo hizo hace algunos años en el tercer número de la revista, cuando la obra de Koyoharu Gotouge pasó de la página a la pantalla pequeña con una animación sobresaliente.
Es innegable que Kimetsu no Yaiba llegó para quedarse. Y lo hizo no gracias a su estilo de dibujo, desenfadado y, por qué no decirlo, bastante olvidable. Y tampoco lo hizo gracias a su increíble guion, que nos ofrece una historia de lo más genérica con un ritmo narrativo de lo más repetitivo. No. Lo hizo gracias al trabajo de animación de Ufotable, y eso es un hecho que ningún fan de la obra puede negar. Y eso es duro.
Con Kimetsu no Yaiba ha pasado algo que no es muy habitual en la industria de la animación japonesa. Algunos arcos de la serie han sido adaptados al típico anime tradicional de veintipocos episodios por temporada, y Ufotable sorprendió cuando anunció El tren infinito, una película que es, además de canon, una transición entre una temporada y la siguiente. Es extraño cuanto menos, porque obligaba al fan del anime a pasar por taquilla si quería enterarse de la próxima temporada. Y la maniobra les funcionó. Claro, ¿cómo no iría a funcionar, si se entiende que la animación de episodios para la televisión suelen tener una calidad significativamente menor que las de un homónimo para la gran pantalla? Y si ya sabíamos que Kimetsu en la pequeña pantalla era sobresaliente, solo podía pasar una cosa: que la animación de la película sería soberbia. Y así fue.
El tren infinito sembró un precedente descarado, juntó unos buenos pocos de millones (casi 500 millones de dólares a nivel mundial, nada menos) y sirvió como excusa para repetir la experiencia. Es así cómo, después de un par de temporaditas de relajo en episodios de 20 minutos, llegaba El castillo infinito, y lo haría no como una película de transición, como fuera El tren infinito, sino como la primera de una trilogía que cerraría definitivamente toda la historia planteada en el manga. 2 años de producción por película. Fans del anime: nos veremos de nuevo en 2027 y en 2029. Tela.

Ahora, entremos en materia. El castillo infinito está arrasando en la taquilla mundial. País en la que se estrena la cinta, país en la que bate récords. Es, actualmente, la película de animación japonesa más taquillera de la historia, adelantando a gigantes como Ghibli y destrozando el récord que su predecesora cosechó. Y todavía sigue en salas. Pero la gran pregunta aquí es: ¿es tan buena como para justificar esta fiebre?
La respuesta es que… depende. Como ya he comentado, la historia original es bastante floja. Los personajes, aunque bien diseñados, se mueven en torno a una trama débil. Y creo que muchos coincidirán conmigo cuando digo que lo mejor de cada uno, por separado, es su historia independiente, el pasado que los alimenta. Así, tenemos personajes profundos persiguiendo a un malo que es simplemente malo porque sí, porque es un demonio, y los demonios hacen demoniadas. ¿Y sus acólitos? Bueno, los que son importantes también tienen su trasfondo individual, que está bastante bien, pero son demonios igual, y hacen cosas de demonios, y son malos y punto. Y los normalitos… pues carne de cañón, cómo no.
La película en sí misma no se sostiene. Necesita forzosamente el contexto del anime y su película anterior, o de lo contrario te habrás tirado 2 horas y media en la butaca del cine sin entender nada salvo una única cosa: la animación y el diseño de sonido están de locos. Eso lo convierte en un excelente material para disfrutar de las proezas técnicas del cine, pero no para que nos cuenten algo con sentido. Lo que vuelve aún más meritoria su recaudación desmedida, dicho sea de paso.
Desde mi punto de vista, la película tiene un gran pero, y es su ritmo. Como el cimiento primigenio que fundamenta la obra de Gotouge es el pasado de cada personaje, para entender la gravedad de los actos de cada uno frente a las adversidades tenemos que gozarnos una cantidad de flashbacks igual o superior a la cantidad de personajes que protagonicen la pantalla. Y en una película que reúne a todos los buenos y los malos en el mismo espacio… son muchos flashbacks. Cada tres espadazos hay un diálogo interno, que viene a su vez acompañado por una reflexión existencialista, que a su vez aparece motivada por un vistazo al pasado, para regresar al presente cargado de motivación y energía para dar otros tres espadazos. Y vuelta a empezar. Es un ritmo que funciona muy bien porque cada una de estas secuencias podría abarcar en torno a 15-20 minutos, que es el tiempo que duran los episodios regulares. Cada episodio, un personaje y sus movidas. Pero aquí tenemos esos episodios uno tras otro, con el mismo ritmo, y a las dos horitas uno está pidiendo clemencia, por bonita que resulte la animación.

Por supuesto, no se hace aburrida. Pasan tantas cosas, todas tan espectaculares e interesantes (insisto, gracias al trasfondo de cada personaje por separado), que es imposible apartar la vista de la pantalla. Pero sí es verdad que la película no deja regusto a película, sino a una maratón de episodios, algo que podría haber sido contado y con mejor estructura con una temporada episódica regular. Y lo que me resulta peor es que habrá que esperar dos años para otra igual. Y otros dos para su desenlace. Y esto será así si no hay retrasos.
Aquí mi pregunta es, ¿podrán los acérrimos fans del anime aguantar la motivación cuatro años más para poder vivir el final de estas aventuras? Solo el tiempo lo dirá. Pero, ya que estamos aquí, aprovecho para lanzar una advertencia: si tienes intención de leer el manga a partir de aquí para resolver todas las dudas que tienes, ve con la mente abierta, porque igual no encuentras aquello que encontraste en la animación de Ufotable.